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Placas y calles


 

Patria, muerte

 

 

          La sentencia por la que se aprueban los honores que el ayuntamiento de un pueblo de Cataluña, Santa Coloma de Cervelló, ha decidido conceder a Jaume Martínez Vendrell (1915-1989), condenado por los asesinatos del industrial Bultó (1977) y del matrimonio Viola (1978). Le pusieron placa y calle al terrorista y el heredero de una de las víctimas protestó. La Audiencia no ha admitido la protesta. El auto tiene un interés proteico. Por desgracia debo administrarme y sólo me ocuparé de la patria. La placa dice: «Carrer de Jaume Martínez i Vendrell, Patriota català» Y el auto sentencia: «Desde un abordaje histórico, resulta plenamente admisible pasar a un segundo plano la controvertida imputación judicial al Sr. Martínez Vendrell del terrible asesinato del Sr. Bultó y, en el momento de confeccionar su biografía, hacer prevalecer o resaltar, según los fines, otros factores o valores, como son el del patriotismo catalán del personaje o su buen comportamiento ciudadano.»

Yo no puedo oponerme a la escisión que los jueces plantean entre el hombre y el asesino. Cierto. Dillinger fue un sonrosado bebé. ¡Y no iban a tener razón los de Melilla cuando argumentaban que la estatua de Franco que querían derribarles honraba al joven comandante, antes de volverse malo! La escisión es muy necesaria. Ahí está el caso de Juan Antonio Samaranch. Vivió 32.231 días más los bisiestos, en que llevó camisa azul. Por los bisiestos, y a diferencia de Martínez Vendrell, aún no le han dado una calle. Hay que escindir, si lo sabré yo.

Sin embargo, no puedo consentir la escisión entre patria y muerte. No sólo yo: estoy seguro de que tampoco el homenajeado lo consentiría. Dejar a la patria fuera de sus crímenes supondría algo ominoso: que los crímenes tuvieran que justificarse por sí mismos. Los ilustrísimos magistrados no pueden ignorar que Jaume Martínez Vendrell mandó matar por la patria y que lo contrario sería deshonrarlo. La patria, y lo patriótico, tienen estas cosas. Uno puede mandar que maten a dos compatriotas y conseguirse una placa póstuma donde le llamen patriota. Ésa es la principal diferencia entre la patria y la ciudadanía. Aunque en Cataluña todo es posible, no parece fácil que a uno que manda asesinar le pongan en la placa que fue un buen ciudadano. No en vano los munícipes promotores eligieron patriotismo, y no ciudadanía, en su léxico de homenaje. La patria tiene… cómo lo diría… una flexibilidad criminal. O sea que en este punto han llegado, ilustrísimos, algo mas lejos que los munícipes. «Su buen comportamiento ciudadano», han escrito ustedes, haciéndolo suyo, en este auto de choque.

Leo que la sentencia dictada es irrevocable. Me parece muy pertinente. Así está a la altura del crimen.

 


 

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