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Arturo II

Publicado: 08/11/2010 13:48 por iuristantum en o->

 

 

      Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.

       Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los ví cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.

       Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adoslescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad.

      La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.

         A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.

        Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

 

 

Wim Mertens

Publicado: 08/11/2010 15:53 por iuristantum en o-*


Bryan Ferry

Publicado: 08/11/2010 15:56 por iuristantum en o->

Luis García Berlanga

Publicado: 13/11/2010 17:03 por iuristantum en o->

Louise Glück

Publicado: 13/11/2010 17:11 por iuristantum en o-*

 

 

What does the horse give you
That I cannot give you?

I watch you when you are alone,
When you ride into the field behind the dairy,
Your hands buried in the mare's
Dark mane.

Then I know what lies behind your silence:
Scorn, hatred of me, of marriage. Still,
You want me to touch you; you cry out
As brides cry, but when I look at you I see
There are no children in your body.
Then what is there?

Nothing, I think. Only haste
To die before I die.

In a dream, I watched you ride the horse
Over the dry fields and then
Dismount: you two walked together;
In the dark, you had no shadows.
But I felt them coming toward me
Since at night they go anywhere,
They are their own masters.

Look at me. You think I don't understand?
What is the animal
If not passage out of this life?

 

 

Martin Usborne

Publicado: 13/11/2010 17:15 por iuristantum en o->

 

 

 

 

 

 

The silence of dogs in cars

 

ABOUT THESE IMAGES:

I was once left in a car at a young age.

I don't know when or where or for how long, possibly at the age of four, perhaps outside Tesco's, probably for fifteen minutes only. The details don't matter.  The point is that I wondered if anyone would come back. It seems trivial now but in a child's mind it is possible to be alone forever.

Around the same age I began to feel a deep affinity with animals - in particular their plight at the hands of humans. I remember watching TV and seeing footage of a dog being put in a plastic bag and being kicked. What appalled me most was that the dog could not speak back. It's muteness terrified me.

I should say that I was a well-loved child and never abandoned and yet it is clear that both these experiences arose from the same place deep inside me: a fear of being alone and unheard. Perhaps this is a fear we all share at some level, I am not sure.

The images in this series explore that feeling, both in relation to myself and to animals in general. The camera is the perfect tool for capturing a sense of silence and longing: the shutter freezes the subject for ever and two layers of glass are placed between the viewer and the viewed: the glass of the lens, the glass of the picture frame and, in this instance, the glass of the car window further isolates the animal. The dog is truly trapped.

When I started this project I knew the photos would be dark. What I didn't expect was to see so many subtle reactions by the dogs: some sad, some expectant, some angry, some dejected. It was as if upon opening up a box of grey-coloured pencils I was surprised to see so many shades inside.

I hope that these pictures are engaging and perhaps a little amusing. I want to show that there is life in the dark places within us.

I will stop writing now and you can stop reading. Words can only get us so far. After all, we are all animals.

Martin, Sept 2010

Lillian Bassman

Publicado: 13/11/2010 17:31 por iuristantum en o-*

 

 

 

 

 

José Antonio Montano II

Publicado: 20/11/2010 15:58 por iuristantum en o->

 

 

    Mi experiencia me ha hecho ver que las webscumplen el ciclo de las civilizaciones: periodo arcaico, periodo clásico y periodo alejandrino (de decadencia larga, cansada, hastiada, ociosa y dulce). Siempre aprecié aquel dictamen precisamente de ae sobre Houellebecq: “confunde sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos”. Quizá el mencionado ciclo se corresponda más bien con la curva personal de la atención, el interés, la sorpresa. Pero también con su traducción colectiva: el periodo clásico sería la fase en la que hay una porción significativa de participantes subiendo.

      Eso sucedió con el blog de ae en el milagroso año de 2005. El 2004 fue un prólogo, y el 2006 una continuación. ¡Pero ah, aquel 2005 en que el esplendor cuajó! Qué sensación de estar en el centro, donde se cocían los asuntos (retóricamente al menos). Si ha existido alguna vez un intelectual colectivo ha sido aquel. Lo era todo: el ágora, el patio de vecinas, el altar de los homenajes, el desolladero, la universidad, la tribuna poética, el más sofisticado y completo de los quioscos. Recuerdo las jornadas epilépticas metido en aquel berenjenal. Creo que mi cerebro nunca ha estado más desatado.

     Pero todo se agota, y aquello también. No se puede ser eléctrico sin interrupción. 

 

*

 

       En verano pasábamos por plazas con turistas. Rehuyendo sus cámaras, decías: "¿Cuántas nos habrán sacado, y no lo sabremos nunca?". Yo te abrazaba, porque me hacía gracia que nos viesen en Tokio detrás de un japonés sonriente. Ahora, que es invierno, pienso que ahí sí seguimos juntos: en álbumes de fotos extranjeras, en un segundo plano, para desconocidos.

 

Tomas Tranströmer

Publicado: 21/11/2010 22:06 por iuristantum en o->

 

 

 

GÓNDOLA FÚNEBRE Nº 2

 

 

                                               I

 

Dos hombres, suegro y yerno, Liszt y

           Wagner, viven junto al Canal Grande

con la inquieta esposa del rey Midas,

ése que transforma en Wagner todo lo que     

                                                               toca.

El frío verde del mar atraviesa los pisos del 

                                                          palacio.

Wagner destaca, el conocido perfil de títere

                                    parece más  cansado;                           

el rostro, una bandera blanca.

La góndola cargada pesadamente con sus vidas; dos pasajes de ida y vuelta y otro

                                                    sólo de ida.

 

 

II

 

Una ventana del palacio se abre con el viento y el súbito  soplo provoca muecas.

Sobre el agua aparece la góndola del  basurero impulsada  por dos                bandidos con remo.

Liszt ha escrito unos acordes tan pesados  

            que deberían ser enviados a analizar

en el Instituto de Mineralogía de Padua.

¡Meteoritos!

Demasiado pesados para la quietud, pueden sólo hundirse más y más, futuro  abajo,  hasta

los años de las camisas pardas.

La góndola, pesadamente cargada con las 

                        hacinadas piedras del futuro.

 

 

 

 

 

                                              III

 

 

Rendijas, hacia 1990.

 

25 de marzo. Inquietud por Lituania.

Soñé que visitaba un gran hospital.

No tenía funcionarios. Todos eran pacientes.

 

En el mismo sueño, una niña recién nacida

hablaba con completas oraciones.

 

 

IV

 

Junto al yerno, que es hombre de su tiempo,  

           Liszt es un apolillado grandseigneur.   

Es un disfraz.

El abismo, que ensaya y descarta máscaras

       diferentes, ha elegido justo ésta para él,

el abismo, que quiere subir hasta los hombres sin mostrar

                                                                       su rostro.

 

 

 

 

                                                    V

 

El Abate Liszt está habituado a cargar él 

       mismo su maleta por soles y por nieves

y cuando muera un día, nadie irá a

                                  esperarlo a la estación.

La tibia brisa de un coñac excelente lo    

                                        conduce a la tarea.

Siempre tiene tarea.

¡Dos mil cartas al año!

El escolar que escribe cien veces el palote,

        antes de que le permitan volver a casa.

La góndola cargada pesadamente de vida;

                                        es sencilla y negra.

 

 

                                           VI

 

De regreso en 1990.

 

Soñé que conducía doscientos quilómetros en vano.

Entonces, todo se agigantó. Gorriones enormes como gallinas

cantaban de modo ensordecedor.

 

Soñé que dibujaba  teclas de  piano

en la mesa de cocina. Tocaba sordamente    

                                                         en ellas.

 

 

                                          VI

 

 

De regreso en 1990.

 

Soñé que conducía doscientos quilómetros en vano.

Entonces, todo se agigantó. Gorriones enormes como gallinas

cantaban de modo ensordecedor.

 

Soñé que dibujaba  teclas de  piano

en la mesa de cocina. Tocaba sordamente en ellas.

Los vecinos acudían a escuchar.

 

 

 

 

                                          VII

 

El clavicordio que calló durante todo   

     Persifal (aunque estaba escuchando) puede 

                                                al fin decir algo.

Suspiros... sospiri...

Mientras Liszt toca, esta noche, mantiene

                             apretado  el pedal marino

para que la fuerza verde del mar suba a

   través del piso y se una a todas las piedras

                                                   del edificio.                                                                      

¡Buenas tardes, bello abismo!

La góndola cargada pesadamente de vida;

                                        es sencilla y negra.

 

 

 

                                          VIII

 

Soñé que llegaba tarde el primer día de clases.

Todos en el salón  llevaban máscaras blancas

                                                    sobre el rostro.

Imposible decir quién era el maestro. 

 

 

 

Elizabeth Bishop

Publicado: 21/11/2010 22:08 por iuristantum en o-*

 

 

El iceberg imaginario

Es mejor tener el iceberg que el barco,
aunque ello signifique el fin del viaje.
Aunque permanezca totalmente inmóvil como una nublada roca
y todo el mar fuera móvil mármol.
Es mejor tener el iceberg que el barco;
poseeríamos más bien esta llanura de nieve
aunque las velas del barco anduvieran por el mar
como la nieve yace no disuelta sobre el agua.
Oh, solemne y flotante campo,
¿Te das cuenta que un iceberg reposa 
contigo y cuando despierte puede pacer en sus nieves?

Esta es una escena por la que un marino daría sus ojos.
El barco es ignorado. El iceberg se alza
y se hunde de nuevo; sus vítreas puntas
corrigen las elipses del cielo.
Esta es una escena donde quien pasea por la borda 
es incultamente retórico. El telón
es demasiado ligero para alzarse en las más finas cuerdas
que las aéreas torsiones de la nieve provean.
La gracia de estos blancos picos
hace sombras con el sol. El iceberg desafía su peso
sobre un movedizo escenario y se está y observa.

El iceberg corta sus facetas desde dentro.
Como las joyas de una tumba
continuamente se protege y adorna
sólo él mismo, quizás las nieves
que tanto nos sorprenden flotando en el mar.

Adiós, decimos, adiós, el barco se pierde
adonde las olas se entregan a otras olas
y las nubes pasan a un cielo más cálido.
Los iceberg son necesarios al alma
(haciéndose ambos de los elementos menos visibles)
para verlos así: encarnados, bellos, indivisiblemente erigidos. 
"

 

John Ashbery

Publicado: 21/11/2010 22:12 por iuristantum en o->

 


 
 Orpheus liked the glad personal quality
Of the things beneath the sky. Of course, Eurydice was a part
Of this. Then one day, everything changed. He rends
Rocks into fissures with lament. Gullies, hummocks
Can't withstand it. The sky shudders from one horizon
To the other, almost ready to give up wholeness.
Then Apollo quietly told him: "Leave it all on earth.
Your lute, what point? Why pick at a dull pavan few care to 
Follow, except a few birds of dusty feather,
Not vivid performances of the past." But why not?
All other things must change too.
The seasons are no longer what they once were,
But it is the nature of things to be seen only once,
As they happen along, bumping into other things, getting along
Somehow. That's where Orpheus made his mistake.
Of course Eurydice vanished into the shade;
She would have even if he hadn't turned around.
No use standing there like a gray stone toga as the whole wheel
Of recorded history flashes past, struck dumb, unable to 
utter an intelligent
Comment on the most thought-provoking element in its train.
Only love stays on the brain, and something these people,
These other ones, call life. Singing accurately
So that the notes mount straight up out of the well of
Dim noon and rival the tiny, sparkling yellow flowers
Growing around the brink of the quarry, encapsulizes
The different weights of the things. 
But it isn't enough
To just go on singing. Orpheus realized this
And didn't mind so much about his reward being in heaven
After the Bacchantes had torn him apart, driven
Half out of their minds by his music, what it was doing to them.
Some say it was for his treatment of Eurydice.
But probably the music had more to do with it, and
The way music passes, emblematic
Of life and how you cannot isolate a note of it
And say it is good or bad. You must
Wait till it's over. "The end crowns all,"
Meaning also that the "tableau"
Is wrong. For although memories, of a season, for example,
Melt into a single snapshot, one cannot guard, treasure
That stalled moment. It too is flowing, fleeting;
It is a picture of flowing, scenery, though living, mortal,
Over which an abstract action is laid out in blunt,
Harsh strokes. And to ask more than this
Is to become the tossing reeds of that slow, 
Powerful stream, the trailing grasses
Playfully tugged at, but to participate in the action
No more than this. Then in the lowering gentian sky
Electric twitches are faintly apparent first, then burst forth
Into a shower of fixed, cream-colored flares. The horses
Have each seen a share of the truth, though each thinks, 
"I'm a maverick. Nothing of this is happening to me,
Though I can understand the language of birds, and
The itinerary of the lights caught in the storm is 
fully apparent to me.
Their jousting ends in music much
As trees move more easily in the wind after a summer storm
And is happening in lacy shadows of shore-trees, now, 
day after day."

But how late to be regretting all this, even
Bearing in mind that regrets are always late, too late!
To which Orpheus, a bluish cloud with white contours,
Replies that these are of course not regrets at all,
Merely a careful, scholarly setting down of
Unquestioned facts, a record of pebbles along the way.
And no matter how all this disappeared,
Or got where it was going, it is no longer
Material for a poem. Its subject
Matters too much, and not enough, standing there helplessly
While the poem streaked by, its tail afire, a bad
Comet screaming hate and disaster, but so turned inward
That the meaning, good or other, can never
Become known. The singer thinks
Constructively, builds up his chant in progressive stages
Like a skyscraper, but at the last minute turns away.
The song is engulfed in an instant in blackness
Which must in turn flood the whole continent
With blackness, for it cannot see. The singer
Must then pass out of sight, not even relieved
Of the evil burthen of the words. Stellification
Is for the few, and comes about much later
When all record of these people and their lives
Has disappeared into libraries, onto microfilm.
A few are still interested in them. "But what about
So-and-so?" is still asked on occasion. But they lie
Frozen and out of touch until an arbitrary chorus
Speaks of a totally different incident with a similar name
In whose tale are hidden syllables
Of what happened so long before that
In some small town, one different summer.