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Robert Hass

EL PRIVILEGIO DE SER 

 

Mucha gente está haciendo ahora el amor. En el cielo, los ángeles,
en el imperturbable éter y el cristal de los deseos humanos
se trenzan mutuamente los cabellos, que son rubios rojizos
y tienen la textura de los frescos ríos. De tanto en tanto miran
hacia abajo el trabajoso éxtasis
–les deben parecer como aves sin plumas chapoteando
en la cama encharcada–
y luego una mujer que está por acabar,
le hace abrir los párpados a un hombre y le dice:
“Mirame”, y él la mira. ¿O es el hombre
quien descorre el telón en el teatro a oscuras?
Se miran entre sí de todos modos;
dos seres con dos ojos evolucionados,
rapaces, sorprendidos, pegados uno al otro por la panza
con una baba lúbrica increíblemente dulce,
y los ángeles se sienten desolados. Les indigna. Tiemblan, patéticos,
como litografías de mendigos victorianos,
con facciones perfectas y la piel de alabastro, vestidos con harapos
en el callejón sórdido de la novela.
A todas las criaturas les ofende esta pena.
Se parece al lamento que la luna deja escapar a veces
cuando sale. A los amantes les resulta especialmente intolerable,
los llena de indecible tristeza, de tal forma
que otra vez cierran los ojos y se vuelven a abrazar,
y cada uno siente la singularidad mortal del cuerpo
que durante una hora han alzado de la muerte con su magia,
y un día, mientras corren al atardecer, ella le dice al hombre:
“Me levanté tan triste esta mañana porque caí en la cuenta
de que vos no podrías, por mucho que te ame, mi querido,
curar mi soledad”, y toca su mejilla para reconfortarlo
y que vea que no quería herirlo diciendo esta verdad.
Y el hombre no se siente precisamente herido,
entiende que la vida tiene límites, que algunos
mueren jóvenes, sus amores fracasan
como sus ambiciones. Va corriendo a su lado,
y piensa en la tristeza que han logrado abortar
con sus lamentos, cobijándose ambos con formas inventadas
y antiguas de la gracia y torpe gratitud, listos para volver
a estar solos o acaso insatisfechos, o a no ser más que buenos compañeros,
como esas parejas en la playa que leen un artículo en alguna revista
sobre la intimidad entre los sexos,
y después se lo leen en voz alta entre sí,
y luego a los inmensos, analfabetos, reconfortantes ángeles

 

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