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Friedrich A. Hayek

 

 

 

I. Normas y orden

 

               He llegado al convencimiento de que no sólo algunas de las diferencias de opinión científica, sino las más diferentes divergencias políticas (o "ideológicas") actuales, están en última instancia enraizadas en ciertas discrepancias filosóficas básicas correspondientes a dos escuelas de pensamiento, una de las cuales incurre en error evidenciable. Aunque ambas reciben el nombre de racionalismo, convendrá distinguir entre un racionalismo evolutivo (o "crítico" en terminología de Karl Popper) y otro constructivista ("ingenuo" según el citado autor.

(...)

              En cuanto se comprenda que el orden fundamental de la Gran Sociedad no puede basarse exclusivamente en un concreto designio y que, en este aspecto, tampoco cabe aspirar al logro de ciertos resultados previsibles, resulta obligado concluir que la exigencia de que todo esquema social, en orden a su legitimidad, debe quedar sometido a un conjunto de principios generalmente aceptado por la opinión pública, puede limitar eficazmente los particulares impulsos decisorios de la autoridad de turno, incluso en el caso de que coyunturalmente ésta se encuentre respaldada por la mayoría.

(...)

             la mayoría de las normas que regulan nuestros actos, así como la mayor parte de las instituciones nacidas de dicha regulación, son adaptaciones ante la omnicomprensiva imposibilidad de considerar conscientemente la multitud de circunstacias que integran el orden social. La posibilidad de hacer justicia, por ejemplo, implica actuar dentro de esta necesaria limitación de nuestro conocimiento acerca de los hechos, por lo que su implementación queda fuera del alcance de la concepción constructivista, que sólo desde el supuesto de la omnisciencia puede operar.

(...)

            El primero de los citados atributos de que disfruta la mayor parte de las normas de conducta es que las normas son observadas en la práctica sin que, de forma expresa (de manera verbal o explícita), sean conocidas por quienes a ellas se someten. Manifiéstase en una actuación regular, susceptible de descripción explícita que, sin embargo, no es consecuencia de que las gentes sean capaces de enunciar las correspondientes normas. La segunda característica es que tales normas llegan a ser adoptadas en razón a la superioridad que, de hecho, otorgan al grupo humano que las practica, y no porque sus efectos sean conocidos por quienes deciden someterse a ellas. Aunque llegan a gozar de general aceptación, porque su observancia produce determinadas consecuencias, no son respetadas al objeto de que se produzcan los aludidos efectos y ni siquiera es necesario que quienes las observan sepan que los mismos han de producirse.

 

 

Rafael Cadenas

 

 


dependes
pero
¿lo sabes
a fondo,
con tu cuerpo,
lo puedes vocear,
se ha vuelto carne fascinada?
 

 *

¿Quién deja de oponerse?
¿Quién se sale del juego?
¿Quién se vive en el vacío?
¿Quién hace del desabrigo refugio?
¿Quién se disuelve en el percibir?
¿Quién se expone sin arrimo al descampado?
¿Quién abandona el trajín por la hora solitaria?
¿Quién puede comer con tenedores de absoluta piedad?
¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver?

 

Veneamin Briskin

 

 

 

 

 Soviet Posters

 

Jorge Luis Borges

 

 

              De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño - tan rigurosamente extraño, diremos - como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

 

La muerte

y la brújula

 

Alain Finkielkraut

 

 

 

 La glossolalie

 

 

Bob Dylan

 

 

 

I can hear the turning of the key
I've been deceived by the clown inside of me.
I thought that he was righteous but he's vain
Oh, something's a-telling me I wear the ball and chain.

My patron saint is a-fighting with a ghost
He's always off somewhere when I need him most.
The Spanish moon is rising on the hill
But my heart is a-tellin' me I love ya still.

I come back to the town from the flaming moon
I see you in the streets, I begin to swoon.
I love to see you dress before the mirror
Won't you let me in your room one time 'fore I finally disappear?

Everybody's wearing a disguise
To hide what they've got left behind their eyes.
But me, I can't cover what I am
Wherever the children go I'll follow them.

I march in the parade of liberty
But as long as I love you I'm not free.
How long must I suffer such abuse
Won't you let me see you smile one time before I turn you loose?

I've given up the game, I've got to leave,
The pot of gold is only make-believe.
The treasure can't be found by men who search
Whose gods are dead and whose queens are in the church.

We sat in an empty theater and we kissed,
I asked ya please to cross me off-a your list.
My head tells me it's time to make a change
But my heart is telling me I love ya but you're strange.

One more time at midnight, near the wall
Take off your heavy make-up and your shawl.
Won't you descend from the throne, from where you sit?
Let me feel your love one more time before I abandon it.

 

Alan Pauls

 

 

 

 Fragmentos de un discurso

 

 

Nick Ut

 

 

 

 

J. Sachs Vs. W. Easterly

 

 

Ayuda al desarrollo

 

Plus: The Least Among Us

 

Richard Dawkins

 

 

 

Espiritual

 

Eric Hobsbawm

 

 

 

Recessional

 

God of our fathers, known of old--
   Lord of our far-flung battle line
Beneath whose awful hand we hold
   Dominion over palm and pine--
Lord God of Hosts, be with us yet,
Lest we forget - lest we forget!

The tumult and the shouting dies;
   The captains and the kings depart:
Still stands Thine ancient sacrifice,
   An humble and a contrite heart.
Lord God of Hosts, be with us yet,
Lest we forget - lest we forget!

Far-called, our navies melt away;
   On dune and headland sinks the fire:
Lo, all our pomp of yesterday
   Is one with Nineveh and Tyre!
Judge of the Nations, spare us yet,
Lest we forget - lest we forget!

If, drunk with sight of power, we loose
   Wild tongues that have not Thee in awe--
Such boasting as the Gentiles use
   Or lesser breeds without the law--
Lord God of Hosts, be with us yet,
Lest we forget - lest we forget!

For heathen heart that puts her trust
   In reeking tube and iron shard--
All valiant dust that builds on dust,
   And guarding, calls not Thee to guard--
For frantic boast and foolish word,
Thy mercy on Thy people, Lord!

Thomas L. Friedman

 

:::

 

Coda: Todos los laureles

 

 

Yamamoto Masao

 

Robert Kagan

 

 

 

  Is There a Clash of Civilizations?

 

Jared Diamond

 

 

Why Did Human History Unfold Differently On Different Continents For The Last 13,000 Years?

 

Amartya Sen

 

 

The Possibility of Social Choice

 

Paul Krugman

 

 

 

 Great Wealth Transfer

 

Plus: Inequality and democracy

 

Václav Havel

 

 

 Velvet President

 

César Vallejo

 

 

 Quién hace tanta bulla y ni deja
Testar las islas que van quedando.

Un poco más de consideración
en cuanto será tarde, temprano,
y se aquilatará mejor
el guano, la simple calabrina tesórea
que brinda sin querer,
en el insular corazón,
salobre alcatraz, a cada hialóidea
grupada.

Un poco más de consideración,
y el mantillo líquido, seis de la tarde
de los mas soberbios bemoles

Y la península párase
por la espalda, abozaleada, impertérrita
en la línea mortal del equilibrio.

 

José Lezama Lima





Porque habito un susurro como un velamen,
una tierra donde el hielo es una reminiscencia,
el fuego no puede izar un pájaro
y quemarlo en una conversación de estilo calmo.
Aunque ese estilo no me dicte un sollozo
y un brinco tenue me deje vivir malhumorado,
no he de reconocer la inútil marcha
de una máscara flotando donde yo no pueda,
donde yo no pueda transportar el picapedrero o el picaporte
a los museos donde se empapelan asesinatos
mientras los visitadores señalan la ardilla
que con el rabo se ajusta las medias.
Si un estilo anterior sacude el árbol,
decide el sollozo de dos cabellos y exclama:
my soul is not in an ashtray.

Cualquier recuerdo que sea transportado,
recibido como una galantina de los obesos embajadores de antaño,
no nos hará vivir como la silla rota
de la existencia solitaria que anota la marea
y estornuda en otoño.
Y el tamaño de una carcajada,
rota por decir que sus recuerdos están recordados,
y sus estilos los fragmentos de una serpiente
que queremos soldar
sin preocuparnos de la intensidad de sus ojos.
Si alguien nos recuerda que nuestros estilos
están ya recordados;
que por nuestras narices no escogita un aire sutil,
sino que el Eolo de las fuentes elaboradas
por las que decidieron que el ser
habitase en el hombre,
sin que ninguno de nosotros
dejase caer la saliva de una decisión bailable,
aunque presumimos como las demás hombres
que nuestras narices lanzan un aire sutil.
Como sueñan humillarnos,
repitiendo día y noche con el ritmo de la tortuga
que oculta el tiempo en su espaldar:
ustedes no decidieron que el ser habitase en el hombre;
vuestro Dios es la luna
contemplando como una balaustrada
al ser entrando en el hombre.
Como quieren humillarnos, le decimos
the chief of the tribe descended the staircase.

Ellos tienen unas vitrinas y usan unos zapatos.
En esas vitrinas alternan el maniquí con el quebrantahuesos disecado,
y todo lo que ha pasado por la frente del hastío
del búfalo solitario.
Si no miramos la vitrinas charlan
de nuestra insuficiente desnudez que no vale una estatuilla de Nápoles.

Si la atravesamos y no rompemos los cristales,
no subrayan con gracia que nuestro hastío puede quebrar el fuego
y nos hablan del modelo viviente y de la parábola del quebrantahuesos.
Ellos que cargan con sus maniquíes a todos los puertos
y que hunden en sus baúles un chirriar
de vultúridos disecados.
Ellos no quieren saber que trepamos por las raíces húmedas del helecho
-donde hay dos hombres frente a una mesa; a la derecha, la jarra
y el pan acariciado-,
y que aunque mastiquemos su estilo,
we don’t choose our shoes in a show-window.

El caballo relincha cuando hay un bulto
que se interpone como un buey de peluche,
que impide que el río le pegue en el costado
y se bese con las espuelas regaladas
por una sonrosada adúltera neoyorquina.
El caballo no relincha de noche;
los cristales que exhala por su nariz,
una escarcha tibia, de papel;
la digestión de las espuelas
después de recorrer sus músculos encristalados
por un sudor de sartén.
El buey de peluche y el caballo
oyen el violín, pero el fruto no cae
reventado en su lomo frotado
con un almíbar que no es nunca el alquitrán.
El caballo resbala por el musgo donde hay una mesa que exhibe las espuelas,
pero la oreja erizada de la bestia no descifra.

La calma con música traspiés
y ebrios caballos de circo enrevesados,
donde la aguja muerde porque no hay un leopardo
y la crecida del acordeón
elabora una malla de tafetán gastado.
Aunque el hombre no salte, suenan
bultos divididos en cada estación indivisible,
porque el violín salta como un ojo.
Las inmóviles jarras remueven un eco cartilaginoso:
el vientre azul del pastor
se muestra en una bandeja de ostiones.
En ese eco del hueso y de la carne, brotan unos bufidos
cubiertos por un disfraz de telaraña,
para el deleite al que se le abre una boca,
como la flauta de bambú elaborada
por los garzones pedigüeños.
Piden una cóncava oscuridad
donde dormir, rajando insensibles
el estilo del vientre de su madre.
Pero mientras afilan un suspiro de telaraña
dentro de una jarra de mano en mano,
el rasguño en la tiorba no descifra.

Indicaba unas molduras
que mi carne prefiere a las almendras.
Unas molduras ricas y agujereadas
por la mano que las envuelve
y le riega los insectos que la han de acompañar.
Y esa espera, esperada en la madera
por su absorción que no detiene al jinete,
mientras no unas máscaras, los hachazos
que no llegan a las molduras,
que no esperan como un hacha, o una máscara,
sino como el hombre que espera en una casa de hojas.
Pero al trazar las grietas de la moldura
y al perejil y al canario haciendo gloria,
l’etranger nous demande le garçon maudit.

El mismo almizclero conocía la entrada,
el hilo de tres secretos
se continuaba hasta llegar a la terraza
sin ver el incendio del palacio grotesco.
¿Una puerta se derrumba porque el ebrio
sin las botas puestas le abandona su sueño?
Un sudor fangoso caía de los fustes
y las columnas se deshacían en un suspiro
que rodaba sus piedras hasta el arroyo.
Las azoteas y las barcazas
resguardan el líquido calmo y el aire escogido;
las azoteas amigas de los trompos
y las barcazas que anclan en un monte truncado,
ruedan confundidas por una galantería disecada que sorprende
a la hilandería y al reverso del ojo enmascarados tiritando juntos.

Pensar que unos ballesteros
disparan a una urna cineraria
y que de la urna saltan
unos pálidos cantando,
porque nuestros recuerdos están ya recordados
y rumiamos con una dignidad muy atolondrada
unas molduras salidas de la siesta picoteada del cazador.
Para saber si la canción es nuestra o de la noche,
quieren darnos un hacha elaborada en las fuentes de Eolo.
Quieren que saltemos de esa urna
y quieren también vernos desnudos.
Quieren que esa muerte que nos han regalado
sea la fuente de nuestro nacimiento,
y que nuestro oscuro tejer y deshacerse
esté recordado por el hilo de la pretendida.
Sabemos que el canario y el perejil hacen gloria
y que la primera flauta se hizo de una rama robada.

Nos recorremos
y ya detenidos señalamos la urna y a las palomas
grabadas en el aire escogido.
Nos recorremos
y la nueva sorpresa nos da los amigos
y el nacimiento de una dialéctica:
mientras dos diedros giran mordisqueándose,
el agua paseando por los canales de los huesos
lleva nuestro cuerpo hacia el flujo calmoso
de la tierra que no está navegada,
donde un alga despierta digiere incansablemente a un pájaro dormido.
Nos da los amigos que una luz redescubre
y la plaza donde conversan sin ser despertados.
De aquella urna maliciosamente donada,
saltaban parejas, contrastes y la fiebre
injertada en los cuerpos de imán
del paje loco sutilizando el suplicio lamido.
Mi vergüenza, los cuernos de imán untados de luna fría,
pero el desprecio paría una cifra
y ya sin conciencia columpiaba una rama.
Pero después de ofrecer sus respetos,
cuando bicéfalos, mañosos correctos
golpean con martillos algosos el androide tenorino,
el jefe de la tribu descendió la escalinata.

Los abalorios que nos han regalado
han fortalecido nuestra propia miseria,
pero como nos sabemos desnudos
el ser se posará en nuestros pasos cruzados.
Y mientras nos pintarrajeaban
para que saltásemos de la urna cineraria,
sabíamos que como siempre el viento rizaba las aguas
y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria.
Los pasos huían con las primeras preguntas del sueño.
Pero el perro mordido por luz y por sombra,
por rabo y cabeza;
de luz tenebrosa que no logra grabarlo
y de sombra apestosa; la luz no lo afina
ni lo nutre la sombra; y así muerde
la luz y el fruto, la madera y la sombra,
la mansión y el hijo, rompiendo el zumbido
cuando los pasos se alejan y él toca en el pórtico.
Pobre río bobo que no encuentra salida,
ni las puertas y hojas hinchando su música.
Escogió, doble contra sencillo, los terrones malditos,
pero yo no escojo mis zapatos en una vitrina.

Al perderse el contorno en la hoja
el gusano revisaba oliscón su vieja morada;
al morder las aguas llegadas al río definido,
el colibrí tocaba las viejas molduras.
El violín de hielo amortajado en la reminiscencia.
El pájaro mosca destrenza una música y ata una música.
Nuestros bosques no obligan el hombre a perderse,
el bosque es para nosotros una serafina en la reminiscencia.
Cada hombre desnudo que viene por el río,
en la corriente o el huevo hialino,
nada en el aire si suspende el aliento
y extiende indefinidamente las piernas.
La boca de la carne de nuestras maderas
quema las gotas rizadas.
El aire escogido es como un hacha
para la carne de nuestras maderas,
y el colibrí las traspasa.
Mi espalda se irrita surcada por las orugas
que mastican un mimbre trocado en pez centurión,
pero yo continúo trabajando la madera,
como una uña despierta,
como una serafina que ata y destrenza en la reminiscencia.
El bosque soplado
desprende el colibrí del instante
y las viejas molduras.
Nuestra madera es un buey de peluche;
el estado ciudad es hoy el estado y un bosque pequeño.
El huésped sopla el caballo y las lluvias también.
El caballo pasa su belfo y su cola por la serafina del bosque;
el hombre desnudo entona su propia miseria,
el pájaro mosca lo mancha y traspasa.
Mi alma no está en un cenicero.