Wim Mertens
Arturo II
Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.
Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos. Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los ví cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.
Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa. Largas adoslescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad.
La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara. Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno -muchos- lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.
A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama. Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.
Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo. Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo. Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.
Javier Cercas
Como pensador, como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde, según diría Alejandro Rossi, un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas sino a las ideas de las personas -nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral-; y, cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derechas ni de izquierdas, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje.
Roberto Bolaño
Hay una pregunta retórica que me gustaría que alguien me contestara: ¿Por qué Pérez Reverte o Vázquez Figueroa o cualquier otro autor de éxito, digamos, por ejemplo, Muñoz Molina o ese joven de apellido sonoro, De Prada, venden tanto? ¿Sólo porque son amenos y claros? ¿Sólo porque cuentan historias que mantienen al lector en vilo? ¿Nadie responde? ¿Quién es el hombre que se atreve a responder? Que nadie diga nada. Detesto que la gente pierda a sus amigos. Responderé yo. La respuesta es no. No venden sólo por eso. Venden y gozan del favor del público porque sus historias se 'entienden'. Es decir: porque los lectores, que nunca se equivocan, no en cuanto lectores, obviamente, sino en cuanto consumidores, entienden perfectamente sus novelas o sus cuentos. El público, el público, como le dijo García Lorca a un chapero mientras se escondían en un zaguán, no se equivoca nunca, nunca, nunca. ¿Y por qué no se equivoca nunca? Porque 'entiende'.
William Blake
Isla de noche
Llora sobre el cuerpo de un animal dormido
y nadie espera en el jardín
Las arboledas hacen silencio a su paso
y los ciruelos envejecen
incapaz la noche de abrir el azahar ya partido
No llora la palabra
no llora el llanto no llora los dedos quietos no llora la piel de la tierra
no reconoce la risa ni la piedad de aquella noche
Nadie mira esta niebla que desanda los huesos, esta palabra
que tuerce la caída
el perenne calor del hierro y la furia
la estampida de los caballos
la cascada de los dioses en Islandia
Sébastien Teiller dance
Armas


Richard Dawkins
Los enemigos de la razón / El virus de la fe / La amenaza de las escuelas religiosas
Marlene Dietrich & Anna May Wong
Rita Hayworth & Frank Sinatra
Tibor Fischer
Las creencias traen problemas, reducen tu flexibilidad, pero constituyen un esqueleto espiritual: es difícil moverse si no tienes uno.
Hits jóvenes 2010
A mí no me convence ninguno, pero bueh, que dan ganas de matar, dan.
Radiohead
Street Spirit’ es nuestra canción más pura, pero no la escribí yo. Se escribió sola. Nosotros éramos simples mensajeros; sus catalizadores biológicos. Su núcleo es un completo misterio para mí, y, ya sabes, no volvería a intentar escribir una cosa así sin esperanzas. Todas nuestras canciones más tristes tienen en algún lugar un resquicio de firmeza. ’Street Spirit’ no tiene firmeza. Es un túnel oscuro sin luz al final. Representa toda la emoción trágica que es tan doloroso que el sonido de esa melodía es su única definición. Todos nosotros tenemos una manera distinta de entender esta canción. Se llama indiferencia. Especialmente yo; yo separo mi radar emocional de esta canción, o si no no podría tocarla. Estallaría. O me daría algo en escena. Así es como su letra es un montón de mini-historias o imágenes visuales opuestas a la explicación cohesiva de su significado. Usé imágenes junto con la música que pensaba que podían transmitir la entidad emocional de la letra y la música al ir juntas. Eso es lo que significa ’all these things you’ll one day swallow whole’ (todas esas cosas que algún día te tragarás enteras). Me refería a la entidad emocional, porque no era capaz de articular la emoción. Estallaría...
Nuestros fans son más valientes que yo al dejar que la canción les penetre, o quizás no se dan cuenta de lo que están escuchando. No se dan cuenta de que ’Street Spirit’ es acerca de mirar fijamente al puto diablo a los ojos, y saber que, sin importar lo que hagas, él siempre se reirá el último. Y eso es real, y verdadero. El diablo siempre se reirá el último en todos los casos, sin excepción, y si pienso en ello durante mucho tiempo, estallaría.
No puedo creer que tengamos fans que puedan tratar emocionalmente con esta canción. Eso es por lo que estoy convencido de que no saben de qué trata. Por eso siempre la solemos tocar hacia el final de nuestros sets. Me vacía, y me sacude, y duele como el infierno cada vez que la toco, mirando cómo miles de personas se ríen y sonríen, ajenos a la tragedia de su significado, como cuando tienes que sacrificar a un perro y está moviendo el rabo de camino al matadero. Eso es lo que parecen, y me rompe el corazón. Ojalá esta canción no nos hubiera elegido como sus catalizadores, y no reclamo su autoría. Pide demasiado. Yo no la escribí.
*
Al oído, un músico inmediatamente nota que la sucesión de acordes no es normal. Lo primero que se piensa es que se trata de una métrica inusual; sin embargo la canción está en 4/4. El baterista Phil Selway declara que en realidad no hay compás en el tema, no existe medida rítmica. La incapacidad del oído de "entender" qué es lo que está sucediendo con los acordes detrás de la límpida melodía vocal genera esa sensación de "estar perdido en el mar".
Eso de la "simplicidad compleja" es la marca de muchas canciones de Radiohead. Christopher O’Riley, un pianista de formación clásica (quien incidentalmente grabó dos CD con transcripciones a piano de canciones del grupo), dijo "sentirse fuertemente atraído por esa faceta de Radiohead, la de ser popular y a la vez tener una secreta complejidad interna". Las influencias cultas del grupo británico no pueden negarse; así, en Pyramid Song, Jonny Greenwood escribió la partitura para cuerdas utilizando el recurso de los glisandos de armónicos que Stravinsky hizo famoso en "El Pájaro de Fuego".
(Pienso que debería haber hecho esto desde el principio. Son tan educativos.)
*Según la wiki, género jazz. Bien está.
La canción más bonita del mundo
She tied you to her kitchen chair
She broke your throne and she cut your hair
And from your lips she drew the hallelujah
...
I’ve seen your flag on the marble arch
But love is not a victory march
It’s a cold and it’s a broken hallelujah
Carolyn Bessete

Acerca de los toros
1. A cada uno que le parezca bien o mal, pero es evidente que el Parlament de Catalunya tenía un interés identitario en este asunto.
2. Horrach dice cosas muy interesantes y que entiendo. Pero yo he visto corridas, conozco forofos taurinos, etc. Y seamos sinceros: la realidad de las plazas no es esa. No son egregios ciudadanos expiando nada, ni participando de un espectáculo casi sagrado. A estas alturas, eso ya no existe y todo es bastante más asqueroso. ¡Hay más sacralidad en el fútbol!. Por eso creo que se está pidiendo, mediante argumentos valiosos, que se conserven los toros para que realicen una función que, en realidad, no realizan. ¡Por Dios, si allí solo hay mugre!
3. No sé si los animalistas son resentidos, totalitaritarios, yihaidistas, etc. Entre los que yo conozco, algunos son extraordinarios. Y los que no, en general, es porque son tontos. Lo que sí creo es que el tema no es ese. El tema es que un ser racional, consciente de la existencia del dolor, produce dolor en otro ser vivo, con terminaciones nerviosas, y lo hace a conciencia. A mí lo que me vale es lo que ocurre en la conciencia de esa persona, de ese individuo que clava el estoque; lo demás son discusiones secundarias. Y yo no puedo pensar bien de quien asume el papel de torturador de un ser vivo, francamente. Al menos, cuando hace eso no está haciendo nada que a mí pueda parecerme defendible. Yo no lo haría.
4. Supongo que quien es antitaurino es vegetariano. Cualquier otra cosa es de una hipocresía y ridiculez realmente INCREÍBLE. O sea, el espectáculo público en el que el animal tiene un papel, un nombre propio y un aura de respeto os parece fatal, eliminable, vergonzoso, etc. Pero en cambio, os jaláis un bistec sin rebozo, sólo porque los medios de comunicación no muestran esto:
http://www.vimeo.com/igualdadanimal
Francamente, creo que hay debates a los que la gente se lanza de cabeza sin fundamentar bien sus posturas, ni revisar en profundidad su papel en el conflicto que se discute. ¿Prohibirá el Parlament de Catalunya la tortura sistemática y verdaderamente totalitaria de miles de cerdos en Olot? Supongo que no necesito responder.
5. Yo ni soy vegetariano ni me he volcado nunca en la causa antitaurina, todo sea dicho. Pero me hacen gracia quienes se van a dormir muy contentos de ser tan buenas personas después de ciscarse en los toros, sin abordar la complejidad del asunto. ¡Qué barata sale la buena conciencia! -¡Ojo! Todo esto no lo digo por Cisne, que es un tipo de ley-
Anónimo
*
Ni animalista, ni identitario ni ideológico.- Daniel Tercero
Los caminos que parten de Rousseau siempre desembocan en Sade.
La necesidad de la tauromaquia.- Horrach
En el post, con mejor o peor fortuna, he intentado establecer una relación entre moralidad y publicidad. Por ejemplo, los sufrimientos ajenos que nos escandalizan moralmente son los que se interponen televisivamente entre nosotros y nuestro filete de ternera. Por eso sospecho que la indignación moral es una perversión ética, porque encuentra más noble la náusea que el apetito, así como encuentra más noble manifestarse contra las guerras televisadas que contra aquellas de las que se carece de imágenes.
Cabreado.- Gregorio Luri
Anselmi es el único individuo que conozco que ha ido a los toros a eso, a ver cómo torturan a un animal. A diferencia, naturalmente, de los aficionados, para quienes las faenas que redundan en molienda suelen ser un peaje indeseable.
La maté porque era suya.- Albert de Paco
La sensibilidad o el gusto estético (esa "estética de la generosidad" de la que hablaba Nietzsche) deben regular nuestra relación compasiva con los animales, pero desde luego no es una cuestión ética ni de derechos humanos (no hay derechos "animales"), pues la moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza.
Vuelve el Santo Oficio.- Fernando Savater
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El científico Wagensberg se presentó hace unos días en el Parlamento de Cataluña con su maleta de charlista y sacó un arsenal de picas, banderillas y estoques. A cada adminículo que presentaba a la observaciónde sus señorías iba diciendo: “¿Esto no duele?” Me decepcionó mucho su actuación. Era el único científico en un apogeo de lírica. Wagensberg no puede ignorar que la conciencia es, quizá, el primer problema de la ciencia contemporánea. Y que la percepción del dolor, como la del color, forma parte del problema. No hay acuerdo científico sobre los límites de la conciencia. Gentes como el neurocientifico Ramachandran concluyen que los animales, incluso los grandes primates, no sienten el dolor. Otros creen que la conciencia del dolor es incluso patrimonio genético de las lombrices. No hay conclusiones ni siquiera provisionales sobre el llamado “problema difícil” de la biología. Cuando Wagensberg decía “¿Esto no duele?” sólo podía referirse, honradamente, al hombre y no al toro.
Más allá de las trampas retóricas, el dolor es la clave de todo el debate taurino. Y el más grave problema para los taurófilos. No porque la neurociencia no pueda dictaminar aún si el dolor es un estricto patrimonio humano; sino porque el dolor, clave del debate como he dicho, es también la clave de la fiesta. El rito de la tauromaquia gira en torno del valor del hombre y la bravura del toro. La bravura no es otra cosa que la capacidad del toro de sobreponerse al castigo; de volver una y otra vez al caballo aunque sepa que allí le espera la brutal embestida de la pica. La lidia del toro bravo no es más que la lidia del dolor. A qué iba a decirse “con más cojones que un toro” si no se tratara de invocar también el tamaño moral. Cómo podrían ser los toros un encadenado de metáforas sobre la vida sin los eslabones del dolor.
Si la neurociencia lograra demostrar algún día que el toro cabecea cuando le clavan las banderillas, urgido por un reflejo que nada tiene que ver con el dolor humano, la principal víctima del descubrimiento sería la Fiesta. Todo su entramado, incluso estético, se organiza en torno a la humanidad del toro. No en vano el primer acto de la lidia es ponerle al toro un nombre. Esa humanidad pasa inexorablemente por el sufrimiento. Se acepta que la inteligencia del toro sea limitada: ¡y se desecha el resabiao! Pero la sangre debe ser inequívoca. Al toreo lo matará la ciencia. Bien porque demuestre con precisión insoportable que el dolor del toro es el del hombre, bien porque sostenga que la bravura es un engaño más eficaz que la muleta
Mientras tanto, quizá podamos disfrutar de esta hora incierta.
Interpol
Cristina Peri Rossi
No me gustas cuando callas
y estás como ausente
no sé si no tienes nada que decir
o la raya de cocaína
se te subió a la cabeza.
El Roto II
