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iuristantum

 

 

 

 

Secularizar

 

 

Mother Teresa's 40-year faith crisis (Telegraph)

Arthur Miller's Missing Act (Vanity Fair)

Malva Marina, la hija de Neruda (El Mostrador)

 

 

          Aunque sea una cuestión -quizá- secundaria, me pregunto qué ha de hacerse con la voluntad de los muertos. Porque respetarla encubre un dualismo in actu exercito. Y porque el interés público arruina el soborno del Cielo.

 

Ablaciones

 

 

I

II

III

VI

V

 

 

Flashback: Ayaan Hirsi Alí

 

Joaquín Guimbau

 

 

                 Ni tú sostienes lo que dices, al menos no hasta las últimas consecuencias. El Hombre, dices, es un ser biológico esencialmente igual a cualquier otro animal, es el resultado de la Evolución y el producto de una combinación de genes. Si así fuera, en pura teoría un superordenador- que contuviera los datos de todos los genes de un sujeto concreto y de las interrelaciones que existen entre ellos y de sus miles de posibilidades de expresión fenotípica- que además valorara cualquier agente ambiental capaz de de interferir sobre los genes, en pura teoría, te decía, te digo, la supermáquina podría predecir la conducta de ese hombre en cada una de las situaciones concretas en que se viera envuelto. Podría decir por ejemplo, serás nacionalista y pederasta o padecerás depresión mayor y te suicidarás si no encuentras un psiquiatra que te recete neurolépticos o serás infiel a tu mujer porque tu Naturaleza excluye la monogamia. Serás todo eso o parte de eso independientemente de tu voluntad o de la teoría que construyas para justificar tus actos. En último término no difieres de otros seres vivos, ni siquiera de los seres no vivos, eres un cúmulo de moléculas y tus posibilidades de acción y reacción son muy numerosas, casi infinitas pero absolutamente predecibles. En resumen tú y tus teorías sois producto de tu frágil cerebro y estas aquí defendiéndolas como defenderías lo contrario si alguna otra molécula se hubiera añadido a la coctelera donde se gestó tu cerebro ya gastado.

¿Cómo puedes creer algo semejante y no deprimirte profundamente?

 

Álvaro Mutis

 

 

¿Sabes qué te esperaba tras esos pasos del arpa llamándote de otro tiempo, de otros días?
¿Sabes por qué un rostro, un gesto, visto desde el tren que se detiene al final del viaje,
antes de perderte en la ciudad que resbala entre la niebla y la lluvia,
vuelven un día a visitarte, a decirte con unos labios sin voz, la palabra que tal vez iba a salvarte?
A dónde has ido a plantar tus tiendas! ¿Por qué esa ancla que revuelve las profundidades ciegamente y tú nada sabes?
Una gran extensión de agua suavemente se mece en vastas regiones ofrecidas al sol de la tarde;
aguas del gran río que luchan contra un mar en extremo cruel y helado, que levanta sus olas contra el cielo y va a perderlas tristemente en la lodosa sabana del delta.

Tal vez eso pueda ser.
Tal vez allí te digan algo.
O callen fieramente y nada sepas.
¿Recuerdas cuando bajó al comedor para desayunar y la viste de pronto, más niña, más lejana, más bella que nunca?
También allí esperaba algo emboscado.
Lo supiste por cierto sordo olor que cierra el pecho.
Pero alguien habló.
Un sirviente dejó caer un plato.
Una risa en la mesa vecina.
Algo rompió la cuerda que te sacaba del profundo pozo
como a José los mercaderes.
Hablaste entonces y sólo te quedó esa tristeza que ya sabes
y el dulceamargo encanto por su asombro ante el mundo,
alzado al aire de cada día como un estandarte que señalara
tu presencia y el sitio de tus batallas.
¿Quién eres entonces? ¿De dónde salen de pronto esos asuntos en un puerto y ese tema que teje la viola
tratando de llevarte a cierta plaza, a un silencioso y viejo parque
con su estanque en donde navegan gozosos los veleros del verano?
No se puede saber todo.
No todo es tuyo.
No esta vez, por lo menos. Pero ya vas aprendiendo a resignarte y a dejar que
otro poco tuyo se vaya al fondo definitivamente
y quedes más solo aún y más extraño,
como un camarero al que gritan en el desorden matinal de los hoteles,
órdenes, insultos y vagas promesas, en todas las lenguas de la tierra.

 

Parecidos razonables

 

 

 

 

 

              

Obituarios

 

 

 

Kurt Vonnegut (La Nación)

Richard Rorty (Slate)

 

 

Richard A. Posner

 

 

         Un ejemplo frecuente de un derecho de propiedad de bienes intangibles es el derecho de privacidad, comúnmente discutido como una rama del derecho de daños, pero que funcionalmente es una rama del derecho de propiedad. El primer reconocimiento judicial de un derecho explícito a la privacidad ocurrió cuando el demandado había usado el nombre y la fotografía del demandante, sin su consentimiento, en un anuncio. Paradójicamente, esta rama del derecho a la privacidad se invoca más a menudo por celebridades ávidas de publicidad (por lo que a veces se llama "derecho a la publicidad"), quienes sólo quieren asegurarse de obtener el precio más alto posible por el uso de su nombre y fotografía en la publicidad. (...) Sin embargo, cualquiera que sea el valor de la información que el apoyo de una celebridad tenga para los consumidores, se perderá si todos los publicistas pueden usar el nombre y la fotografía de la celebridad.

(...)

         La existencia de una externalidad de congestión permite el argumento de que los derechos de publicidad deberían ser perpetuos y por ende heredables (un tema de controversia legal en la actualidad). No queremos que esta forma de información o expresión sea del dominio público, porque allí será menos valiosa, independientemente de que la celebridad esté viva o muerta.

 

María Zambrano

 

 

La amistad es la expresión más inequívoca del concepto de libertad.

—¿Pero eso no es una contradicción en sí misma?

—Creo más en las paradojas de la vida que en las antinomias del pensamiento.

 

Penas de muerte

 

...and overhead
gods in chariots
dogs, women
circled,
and death
ran down my throat
like a mouse,
and I heard the people coming
with their picnic bags
and laughter,
and I felt guilty
for the swan
as if death
were a thing of shame
and like a fool
I walked away
and left them
my beautiful swan

*

 

Mapa de abolición (Amnistía Internacional)

Discursos sobre la pena de muerte I (Mareparvum)

Discursos sobre la pena de muerte II (Mareparvum)

Revenge begins to seem less sweet (The Economist)

 

Search patterns, trends and surprises

 

 

 

 Spain

 

 

 

P.s. Nunca opines

 

 

Juan Abreu

 

 

            Henry-Claude Cosseau, director de la Escuela de Bellas Artes y conservador de los Museos de Francia ha sido acusado de pornógrafo. Henry puede ir a parar a la cárcel. Su delito, según los inquisidores franceses es la “difusión de imágenes de carácter pornográfico y violento y permitir que estas fueran vistas por niños y adolescentes”. En realidad lo único que ha hecho el señor Cosseau es una exhibición, Presuntamente inocentes, que explora las relaciones entre el arte contemporáneo y la infancia. Ochenta artistas internacionales de la categoría de Cindy Sherman y Robert Mapplethorpe entre los incriminados.


Poco importa que Mapplethorpe lleve diecisiete años muerto. La eficiente Interpol ha interrogado a un ciudadano del mismo nombre. Basta llamarse Mapplethorpe para que la policía francesa te considere un pederasta.

El arte, como siempre, perseguido por el mierdero Poder.

¡Pornógrafo! Es casi lo más honroso que podemos ser en un mundo tan hipócrita y miserable.

 

 [Jock Sturges. Nicholas y Christophe; Montalivet, Francia, 1985.]

 

Francisco Umbral

 

 

 

            Huyo, sí, a ese mundo quieto y ficticio, a esa vida posible e inexistente, a veces, escapando de mi propia vida, de este naufragio donde nadie se ahoga, de este desorden de cuadros que hay que clavar, libros que hay que leer, cosas que habría que escribir, y la muerte pasando a través de todo, luces, tiempo, hijo, días, muebles, palabras, dones, ensartando la vida silenciosamente. O hago una vez más, queriendo saber algo, el retrato del niño. Dejadme hacerlo aquí, dibujar con palabras fáciles el desorden inocente y artístico, demasiado artístico, de su cabeza ligera, su nariz de gato niño, los ojos, pétalos de una flor oscura, hoja y fruto al mismo tiempo, con su halo profundo de tristeza o algo peor, que tanto me estremece, y el esfuerzo banal de la boca, dibujada primorosamente, y que a veces se riza en palabras íntimas y a veces se abulta, débil y ya masculina, en palabras débiles de espuma sola. Esas mejillas como una fruta excesiva que no pertenece a ninguna cosecha, el cuerpo espeso y reciente, que tomo en alto para apretar su gracia simple, las manos, sólo dibujo, o los pies, tan breves, naciendo esa minuciosidad del borrón tierno que es el cuerpo. Muy terminado por unas partes y muy embrión por otras, el niño, como todos los niños.

Mortal y rosa, 1975.

Lumn

 

Friedrich A. Hayek

 

 

 

I. Normas y orden

 

               He llegado al convencimiento de que no sólo algunas de las diferencias de opinión científica, sino las más diferentes divergencias políticas (o "ideológicas") actuales, están en última instancia enraizadas en ciertas discrepancias filosóficas básicas correspondientes a dos escuelas de pensamiento, una de las cuales incurre en error evidenciable. Aunque ambas reciben el nombre de racionalismo, convendrá distinguir entre un racionalismo evolutivo (o "crítico" en terminología de Karl Popper) y otro constructivista ("ingenuo" según el citado autor.

(...)

              En cuanto se comprenda que el orden fundamental de la Gran Sociedad no puede basarse exclusivamente en un concreto designio y que, en este aspecto, tampoco cabe aspirar al logro de ciertos resultados previsibles, resulta obligado concluir que la exigencia de que todo esquema social, en orden a su legitimidad, debe quedar sometido a un conjunto de principios generalmente aceptado por la opinión pública, puede limitar eficazmente los particulares impulsos decisorios de la autoridad de turno, incluso en el caso de que coyunturalmente ésta se encuentre respaldada por la mayoría.

(...)

             la mayoría de las normas que regulan nuestros actos, así como la mayor parte de las instituciones nacidas de dicha regulación, son adaptaciones ante la omnicomprensiva imposibilidad de considerar conscientemente la multitud de circunstacias que integran el orden social. La posibilidad de hacer justicia, por ejemplo, implica actuar dentro de esta necesaria limitación de nuestro conocimiento acerca de los hechos, por lo que su implementación queda fuera del alcance de la concepción constructivista, que sólo desde el supuesto de la omnisciencia puede operar.

(...)

            El primero de los citados atributos de que disfruta la mayor parte de las normas de conducta es que las normas son observadas en la práctica sin que, de forma expresa (de manera verbal o explícita), sean conocidas por quienes a ellas se someten. Manifiéstase en una actuación regular, susceptible de descripción explícita que, sin embargo, no es consecuencia de que las gentes sean capaces de enunciar las correspondientes normas. La segunda característica es que tales normas llegan a ser adoptadas en razón a la superioridad que, de hecho, otorgan al grupo humano que las practica, y no porque sus efectos sean conocidos por quienes deciden someterse a ellas. Aunque llegan a gozar de general aceptación, porque su observancia produce determinadas consecuencias, no son respetadas al objeto de que se produzcan los aludidos efectos y ni siquiera es necesario que quienes las observan sepan que los mismos han de producirse.

 

 

Karen Lehrman

 

 

 

The Decline of Fashion Photography

 

Steven D. Levitt & Stephen J. Dubner

 

 

            Hay una historia, "El anillo de Giges", que Feldman relata en ocasiones a sus amigos economistas. Procede de La República, de Platón. Un estudiante llamado Glaucón narró la historia en respuesta a una lección de Sócrates, quien, al igual que Adam Smith, defendía que la gente es generalmente buena aun sin imposición. Glaucón, al igual que los amigos economistas de Feldman, discrepaba. Habló de un pastor llamado Giges que encontró una caverna secreta dentro de la cual había un cadáver que llevaba un anillo. Cuando Giges se puso el anillo, descubrió que éste lo volvía invisible. Sin nadie capaz de controlar su comportamiento, Giges procedió a cometer actos deplorables: seducir a la reina, asesinar al rey, etc. La historia de Glaucón planteaba una cuestión moral: ¿podría un hombre resistirse a la tentación del mal si supiese que sus actos no tendrían testigos? Glaucón parecía pensar que la respuesta era no. Pero Paul Feldman se pone del lado de Sócrates y Adam Smith, porque sabe que la respuesta, al menos en el 87% de los casos, es sí.

 

Freakonomics

 

Rafael Cadenas

 

 


dependes
pero
¿lo sabes
a fondo,
con tu cuerpo,
lo puedes vocear,
se ha vuelto carne fascinada?
 

 *

¿Quién deja de oponerse?
¿Quién se sale del juego?
¿Quién se vive en el vacío?
¿Quién hace del desabrigo refugio?
¿Quién se disuelve en el percibir?
¿Quién se expone sin arrimo al descampado?
¿Quién abandona el trajín por la hora solitaria?
¿Quién puede comer con tenedores de absoluta piedad?
¿Quién accede a trocar su día por un rostro que no ha de ver?

 

Veneamin Briskin

 

 

 

 

 Soviet Posters

 

Falacias lógicas

 

 

I want P to be true.

Therefore, P is true.

 

Wishful Thinking

 

Categorías

 

Jorge Luis Borges

 

 

              De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño - tan rigurosamente extraño, diremos - como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar. Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo de aventurero había en él y hasta de tahur.

 

La muerte

y la brújula