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Jesus Venn

 

 

Eugenio Recuenco II

 

 

Chris Talbott

 

 

 

El hijo único 

Lo veo chapotear en el estanque 
de la infancia, luchando por no hundirse
con flotadores en los brazos flacos;
de vacaciones con su madre, miro
cómo lee de un tirón una novela
en la cama, con sus anteojos gruesos,
mientras afuera brilla el sol y todos
los demás chicos juegan en el patio;
podría imaginármelo recluido
en su cuarto, escapando de la furia
de la madrastra joven; o en la escuela,
comprimiendo la panza en un intento
frustrado por atarse los cordones; 
lo contemplo aturdido en la cocina
mientras, en algún lado, carretea
el avión que está a punto de llevarse
su niñez para siempre; lo descubro 
precoz, temblando junto al río, mientras
aprende en medio de la noche helada
una gimnasia nueva en otro cuerpo; 
vuelvo a encontrarlo sobre el pasto húmedo,
bajo la bruma blanda de las drogas,
borracho, parloteando sin parar,
fumando un cigarrillo tras de otro
con un único amigo; lo sorprendo
atormentado por el sexo, a solas
frente al amor y su atavismo, lúcido
en ser ingenuo sin saberlo; miro
cómo se abren sus músculos y crece
la flor de su estatura; cómo, mientras
se va cubriendo de deseo ajeno,
lo quema como un rayo silencioso
el suyo propio; en la universidad,
lo veo con la mano levantada
hacer una pregunta inconveniente;
lo miro convertirse, en poco tiempo,
en un novio serial, en el marido
más probable; lo encuentro con los ojos
abiertos, en la noche conyugal,
mirando las esquirlas de la luz
que pasan a través de la persiana
entrecerrada y flotan por el techo;
lo veo suspendido por el aire 
en su asiento asignado, sin poder
dormir, con el estómago revuelto
por su futura decisión, y un vaso
de plástico en la mano; lo descubro
solo otra vez, perdido entre la música,
con los dientes cubiertos de cemento,
intentando aprender cómo se vive
de un fogonazo cegador a otro;
observo cómo flota entre lo frágil,
de espaldas, mansamente; lo contemplo
recluïdo en sí mismo, encaramado
al borde de su propia juventud.
*
The Lefties 

Face to face before the mirror, they seek
each other’s best hand -- they write
with their fingers in the night’s moist air
& stare while they sip the liquor
of consciousness -- they make
a point to back away -- they tangle up
in telephone wire & are rewoven
in the morning sun -- they play hide & seek
in the immediate & the oblique, & stay close
to the wild heart -- they listen to the deaf
music of the body -- detachment finds them
at home again -- dusk falls -- they take a broom
& try to free a restless dragonfly,
stuck & buzzing on the ceiling
of their rooms -- they sink
in deep silence & take shelter in the work
of muscle & spirit -- both mute, they speak
telepathically when night falls upon the fields
before the storm -- a ray of lightning strikes
nearby & holds them in an instant
of sheer light, while the wind blows, opening
& closing the window of their opportunity.

 

Sufjan Stevens

 

 

Alex Ten Napel

 

http://www.alextennapel.nl/

 

(Especialmente la serie 'Alzheimer')

 

Leonard Cohen



It's four in the morning, the end of December 
I'm writing you now just to see if you're better 
New York is cold, but I like where I'm living 
There's music on Clinton Street all through the evening. 
I hear that you're building your little house deep in the desert
You're living for nothing now, I hope you're keeping some kind of record. 

Yes, and Jane came by with a lock of your hair 
She said that you gave it to her 
That night that you planned to go clear 
Did you ever go clear? 

Ah, the last time we saw you you looked so much older 
Your famous blue raincoat was torn at the shoulder 
You'd been to the station to meet every train 
And you came home without Lili Marlene 

And you treated my woman to a flake of your life 
And when she came back she was nobody's wife. 

Well I see you there with the rose in your teeth 
One more thin gypsy thief 
Well I see Jane's awake -- 

She sends her regards. 

And what can I tell you my brother, my killer 
What can I possibly say? 
I guess that I miss you, I guess I forgive you 
I'm glad you stood in my way. 

If you ever come by here, for Jane or for me 
Your enemy is sleeping, and his woman is free. 

Yes, and thanks, for the trouble you took from her eyes 
I thought it was there for good so I never tried. 

And Jane came by with a lock of your hair 
She said that you gave it to her 
That night that you planned to go clear -- 

Sincerely, L. Cohen


 

Fernando Savater

 

 

Dos cabalgan juntos


         Suele decirse, es casi un lugar común, que los grandes escritores padecen un purgatorio más o menos largo de indiferencia tras su muerte. Algunos salen de él fortalecidos y eternos, otros permanecen incurablemente en el olvido. Pero Albert Camus representa una notable excepción a esta regla: a 50 años de su muerte temprana en un accidente de carretera, su figura intelectual ha aumentado sin cesar de tamaño y es hoy más prestigiosa que nunca.

Aún más sorprendente resulta la casi total unanimidad encomiástica que le rodea. Las polémicas y críticas acerbas que acompañaron la mayor parte de su vida creadora parecen haber desembocado hoy en un plácido estuario de reconocimiento sin fisuras. Resulta casi inevitable preguntarse si tanta aceptación no encierra un malentendido (el propio Camus dijo que el éxito suele implicarlo) o incluso una forma de olvido más soterrada y por tanto más difícilmente remediable.

Desde luego, abundan los motivos para recordar hoy a Camus con especial aprecio y simpatía. Para empezar, los acontecimientos históricos han venido a demostrar que en asuntos esenciales tenía razón: sobre todo en su denuncia del totalitarismo estalinista. Pocos años después de su muerte, Jruschov comenzó pudorosamente a desvelar la realidad atroz de la Rusia soviética, que los más furibundos detractores de Camus se negaban a admitir. A partir de ese momento -y sobre todo desde la caída del muro de Berlín- el comunismo realmente existente perdió casi todos sus abogados intelectuales y ha revelado sin paliativos su fracaso político y su desastre moral. La denuncia de Camus, que en su día fue malinterpretada o denostada, se ha convertido hoy en un tópico que casi todo el mundo suscribe sin rodeos.

Aún más. El lenguaje teológico puesto al servicio del exterminio de seres humanos era uno de los temas fundamentales estudiados en El hombre rebelde. Camus comprendió bien hasta que punto la búsqueda del absoluto puede convertirse en justificación para pisotear los derechos humanos más elementales. Cuando publicó su célebre ensayo, la invocación inquisitorial de motivaciones religiosas para persecuciones y matanzas parecía algo del pasado, pero medio siglo más tarde ha vuelto a ponerse de trágica actualidad.

Entonces se pensaba que las ideologías políticas (nacionalismo, nazismo, bolchevismo, etcétera) habían venido a sustituir al furor teológico de las religiones, pero hoy vemos que -tras la decadencia de esas ideologías digamos "laicas"- son de nuevo las coartadas religiosas las que regresan para legitimar atentados mortíferos, matanzas tribales, deportaciones masivas o bombardeos preventivos.

La denuncia de Camus en su día sonaba a algunos como una concesión al "idealismo" o al "espiritualismo" que desconoce las motivaciones socioeconómicas: resulta hoy una precursora señal de alarma.

Esta denuncia del totalitarismo y del terrorismo, que se adelanta a los acontecimientos venideros, ha conseguido hoy aplauso general para Albert Camus, entre los conservadores de derechas y también entre muchos izquierdistas arrepentidos. Pero este aprecio póstumo puede ocultar, como decíamos, un cierto malentendido y hasta un olvido selectivo de una parte importante del pensamiento político y moral de Albert Camus. Porque en su obra no hay un rechazo global sino más bien una exigencia ética de la rebelión: "Yo me rebelo, luego nosotros somos". Decir "no" y rebelarse contra la injusticia y la desigualdad social ("la sociedad del dinero y de la explotación no se ha encargado nunca, que yo sepa, de hacer reinar la libertad y la justicia"), contra la opresión colonial de los países más desfavorecidos, contra la pena de muerte, contra la utilización de armas atómicas... Todo eso también formó parte central de sus manifestaciones políticas. Albert Camus fue crítico con la revolución que entroniza el terror y la violencia como dioses justicieros, confundiendo la depuración con el camino de la pureza, pero no fue un conformista ni un cínico que acepta sin más -en nombre del orden sacrosanto- los peores manejos de la razón de Estado. Fue moralmente exigente con la rebeldía (sostuvo que en política deben ser los medios quienes justifiquen el fin y no al revés), pero sin duda fue también un rebelde: "La rebelión no es en sí misma un elemento de civilización. Pero es previa a toda civilización".

Probablemente el intelectual del siglo XX con quien más tiene en común Albert Camus, hasta la coincidencia casi desconcertante, es George Orwell. Y no sólo por similitudes biográficas, como que ambos fueron tuberculosos, ambos murieron (aunque por causas distintas) a los 47 años, ambos tuvieron una preocupación especial por la guerra civil de España y su tragedia posterior y ambos padecieron la maledicencia calumniosa de muchos colegas comprometidos con el disimulo o la minimización de la realidad totalitaria comunista. Hay además otras concordancias esenciales. Una de las principales es la importancia concedida al lenguaje y a la sinceridad que lo emplea en busca, ante todo, de la verdad.

Orwell denunció: "El lenguaje político -y con variaciones esto es válido para todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas- es empleado para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro humo". Y concluyó: "El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad".

Por su parte, Camus señaló: "He escuchado tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme dar vueltas la cabeza, y que han hecho dar a otros vueltas la cabeza hasta hacerles consentir en el asesinato, que he llegado a comprender que toda la desdicha de los hombres proviene de que no tienen un lenguaje claro. He tomado entonces el partido de hablar y actuar claramente para volver a ponerme en el buen camino. Por consiguiente digo que hay las atrocidades y víctimas, y nada más" (La peste).

Tanto uno como otro fueron explícitamente contrarios al culto del músculo y la fuerza como garantía de eficacia para resolver los conflictos, aunque Camus simpatizó más con el pacifismo y las doctrinas gandhianas de la no violencia (para Orwell "el pacifismo es más una curiosidad psicológica que un movimiento político").

Y ambos criticaron el nacionalismo: Camus escribió a su imaginario amigo alemán que él "amaba demasiado a su país para ser nacionalista" y Orwell unas perspicaces y siempre actuales Notas sobre el nacionalismo en las que dejó caer esta observación de largo alcance: "Todo nacionalista está obsesionado por la creencia de que el pasado puede ser alterado".

Pero cada uno de ellos se interesó a su modo por el patriotismo, entendido como ciudadanía compartida y no como etnia de pertenencia.

Orwell se asombraba en 1940 (probablemente pensando en el grupo de Bloomsbury o gente parecida) de que Inglaterra fuese "el único gran país cuyos intelectuales se avergüenzan de su propia nacionalidad" y deseaba para el futuro que "el patriotismo y la inteligencia volviesen a ir juntos de nuevo".

Por su parte Camus, en el prefacio a sus Crónicas argelinas, en las que expuso una postura que desagradaba a casi todos, dice: "Desde la derecha se ha emprendido, en nombre del honor francés, lo que era más contrario a tal honor. Desde la izquierda, frecuentemente y en nombre de la justicia, se ha excusado lo que era un insulto a toda verdadera justicia. La derecha ha cedido así la exclusiva del reflejo moral a la izquierda, la cual le ha cedido a su vez la exclusiva del reflejo patriótico. El país ha sufrido dos veces".

Tuviesen o no razón en sus opiniones y actitudes políticas, tanto Camus como Orwell fueron librepensadores. Es decir, sostuvieron principios y argumentos, no partidos. Rechazaron algo muy frecuente, el escándalo selectivo, las condenas que siempre barren para casa y silencian lo que perjudica a nuestro convento. Cincuenta años después, reciben incienso de los mismos que hoy excomulgan a quienes se comportan como ellos: la hipocresía es el tardío homenaje que el sectarismo rinde a quienes han dejado de ser molestos. ¿Victoria póstuma o dulce derrota definitiva?


 

Escepticismo y big bang

 


«Cultura vudú».

 

Estaba cantado que en algún lugar de los periódicos iba a encontrarme con el sintagma. Y es que alguien ha debido de hacerles vudú a los pobres haitianos. En algún lugar, pero no, desde luego, en la columna del divulgador científico Punset.

«Antes de inaugurar allí mi residencia de tres años, yo estaba convencido de la importancia de la ciencia y la tecnología; en otras palabras, que el ritmo de los cambios técnicos era más rápido y duradero que los cambios mentales. En Haití descubrí que aquellos podían palidecer y hasta desvanecerse bajo el influjo de la cultura vudú.»

 

No habría estado de más que Punset hubiese aludido al influjo de las matanzas de los Duvalier y a la utilización (puramente medieval) que hicieron de la santería para mantenerse en el poder.

Otro párrafo:

«Bastaba con contemplar a Origènes, el tonton-macoûte que me hacía de chófer, relacionarse con la gente, para descubrir que sabía menos política monetaria que yo, pero mil veces más de la química del amor y de las emociones humanas, del impacto del ritmo de la música y de la pintura naif en el alma naif. Desde entonces tengo una visión más equilibrada de la vida y del universo.»

 

Los tonton, es decir, los matones de los Duvalier. Bien, de acuerdo, no todos lo serían. Pero ese «mil veces más». Ese obsceno tópico dualista de que la razón reemplaza a la emoción. Que la aniquila.

 

*

La pregunta de Edge.

 

Menos interesante que la de otros años. Y más previsible. Y hasta un punto magufa. Porque, en efecto, la hipótesis de que internet haya cambiado nuestro modo de pensar parece más poética que científica. Pensamiento geek. En este sentido, la respuesta de Pinker es convincente y terminante. Me interesa mucho lo que dice Rich Harris, como siempre. Que poco tiene que ver con la pregunta.

«Internet dispensa información del modo en que un bote de ketchup dispensa ketchup. Al principio había muy poca, ahora hay mucha. En medio, hubo la quietud del punto medio (just-enoughness). Para mí duró diez años. Fueron los mejores años de mi vida.»

 

Humm... Tan nuevo e internet ya segrega melancolías. El estilo extraño, tan seductor, de pensar y de decir de Harris. Quizá haya algo veraz ahí que sobrepasa la melancolía y los buenos tiempos previos a que los bárbaros descubrieran la red. Algo más, tal vez, que la constatación de que todo acaba por joderse.

Hace diez años ocurrió el big bang. Y estamos saliendo del paraíso. Es decir que lo bueno viene ahora. Pero duele, claro. Lo real duele.

 

 

Metallica

 

 

Johnny Cash

 

 

 

W.B. Yeats

 

 

Una canción de hadas 

                              Cantada por el pueblo de las hadas para Diarmuid y Grania, en su sueño nupcial, debajo de un cromlech.

Nosotras somos viejas y felices,
más que viejas, viejísimas
miles de años, miles, miles de años,
si a todas nos dijeran:

Den a estos niños, vueltos hoy del mundo,
el amor y el silencio,
las largas horas donde cae el rocío,
y los astros del cielo:

Den a los niños, vueltos hoy del mundo,
descanso de los hombres.
¿Habría algo mejor, algo mejor?
Dígannos, pues, ahora:

Nosotras somos viejas y felices,
más que viejas, viejísimas,
miles de años, miles, miles de años,
si a todas nos dijeran.

 

(José Antonio) Miquel Silvestre

 

 

              Creo que, en general, hay muy pocas ideas. Las ideas son muy caras, exigen pensar, y ya sabe usted que, en España, de cada cinco cabezas, una piensa y las demás embisten. Lo que sí abundan son los prejuicios. Un prejuicio es una línea de puntos que tenemos que rellenar. Es como si nos dijeran: Si los empresarios gordos son fascistas y explotadores, don Zacarías, mi obeso jefe que me obliga a trabajar para pagarme el salario es..." y ahí ponemos "un fascista". Y ya tenemos completa toda una oración. Y así, poco a poco, prejuicio a prejuicio, podemos hacer una novela de mil páginas, una crónica periodística o un discurso político.


*


        Busco el humor, pero el humor atroz de la sonrisa de un caníbal. La transgresión como actitud deliberada es hoy el ademán más burgués y afectado posible. Hoy ser excéntrico, rebelde, inconformista o loco romántico, es ser un atocinado funcionario cultural.


*

 

         Estéticamente, el fracaso es mucho más atractivo que el éxito. El fracaso fácilmente incita a la empatía y a la compasión, sin embargo, la exhibición del éxito resulta pornografica. Genera rechazo. Además, nuestra esencia cultural es judeocristiana, y como tal exalta el sufrimiento, la pasión, el dolor. Me siento más cercano de los antihéroes que de los triunfadores. Ahora  bien, no trato de exaltar el fracaso como virtud ética, porque, éticamente, el fracaso no ennoblece en absoluto. Por el contrario, propicia el victimismo y la reclamación perpetua de desagravios. La víctima lo es para siempre por el propio interés de justificar sus crímenes, siempre se considera injustamente tratada y por tanto nunca está satisfecha, cualquier exceso cree tenerlo permitido pues siempre parte de una injusticia imposible de compensar. 

 

*

 

              El arte es aquello que nos saca de aquí, dijo Pessoa. 

 

*

 

         El paso por la universidad se ha considerado en España casi como una condición sine qua non para ser algo en la vida. Es un pensamiento tan cojo como cualquier otro prejuicio, pero es una realidad sociológica en un país que tradicionalmente ha despreciado el trabajo manual. Debemos ser los tíos del mundo que más envidiamos el vivir sin dar golpe; será cosa de la herencia católica, tan contrapuesta a la calvinista. Nunca he destacado por mi valentía, así que me sometí a ese prejuicio sin demasiada resistencia y sin ninguna vocación. Dicho esto, reconozco que me divertí mucho en mi época de estudiante, que apenas pisé un áula y que salí de allí sabiendo lo mismo que el resto de mis compañeros: nada.


*


         La  carrera de Derecho me ha servido para dejar de ser anarquista y para entender la vida como un conglomerado de egoísmos en competencia. El Derecho tiene en común con la Literatura que ambos tratan de explicar la existencia con palabras. Sin embargo, el Derecho es más ingenuo que la Literatura porque tiene de sí mismo la impresión de que sirve para algo. La Literatura, afortunadamente, es el territorio de la inutilidad consciente. 


http://miquelsilvestre.com/

 

Guillaume Apollinaire

 

El adiós

 

Esta brizna de brezo he recogido.
El otoño está muerto. No lo olvides.
No nos veremos más sobre la Tierra,
brizna de brezo, aroma de los tiempos.
Y no te olvides de que yo te espero.

 

 

César Vallejo

 

 

Cual mi explicación. 

Esto me lacera de tempranía. 

Esa manera de caminar por los trapecios. 

Esos corajosos brutos como postizos. 

Esa goma que pega el azogue al adentro. 

Esas posaderas sentadas para arriba. 

Ese no puede ser, sido. 

Absurdo. 

Demencia. 

Pero he venido de Trujillo a Lima. 
Pero gano un sueldo de cinco soles. 


 

Walter Benjamin & George Steiner

 

 

     De todo esto estaba Kafka absolutamente seguro: primero, de que alguien debe de ser un estúpido si ayuda; segundo, que sólo la ayuda de un estúpido es una ayuda verdadera. Lo único inseguro es: ¿Puede no obstante esa ayuda servir de algo a un ser humano?


*


      Obsérvese -y esto es típico de las alegorías de la lectura de Benjamin- cómo el análisis mismo deviene una parábola a la manera de Kafka.

 

 

Julián Marías



            En El fantasma y la Sra. Muir, esa maravillosa película de Mankiewicz que Javier Marías nos enseñó a mirar tan bien, ocurre algo inédito en la historia del cine: el espectador desea que se muera la protagonista, porque sólo ese puede ser el final feliz (final feliz asegurado, por otra parte; como dice Jünger: "A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida -menos una: la cita con la muerte"). La Sra. Muir se ha enamorado del fantasma del capitán, pero éste se ha desvanecido definitivamente y la Sra. Muir sólo podrá reunirse con él cuando muera.

Con el padre de Javier Marías, don Julián, ha pasado lo mismo. Desde que murió su mujer en 1977 se limitó a ser (como dice hoy Eduardo Jordá en un precioso artículo) "un superviviente". Recuerdo un programa radiofónico del Loco de la Colina de principios de los ochenta: Julián Marías se puso a llorar mientras recordaba a su esposa. Durante unos interminables segundos sólo pudimos escuchar los gemidos de dolor de ese hombre. Fue algo intenso, verdadero: lo contrario de los lloriqueos fraudulentos que vendrían después con la televisión basura. No sé por qué, pero aquella noche se me quedó grabada. Luego he venido contemplando a Julián Marías, respetando su limpio cristianismo desde mi estrépito nietzscheano. Un hombre digno que no se vendió nunca, y que por eso proponía la reconciliación en medio de la abyección guerracivilista de los ex-grapo que ahora son neofranquistas, por un lado, y los ex-falangistas reconvertidos en socialdemócratas, por el otro. Frente a ambos, la integridad moral: la decencia. Y por debajo de todo, su duelo amoroso que sólo ha terminado con la muerte. Siempre me acordé, pensando en Julián Marías, de estas hermosas palabras que le dedicó Camus a Breton: "En su perro tiempo, y no se puede olvidar esto, es el único que ha hablado profundamente del amor. El amor es la moral angustiada que ha servido como patria a este exiliado."

Pero alegrémonos: la Sra. Muir ya está otra vez junto al fantasma.

 

 

Bassui Tokusho

 

 

Mira al frente. ¿Qué hay?
Si lo ves tal cual es
Nunca errarás.

 

José Antonio Montano

 

 

          Encuentro por ahí el entrañable Cuestionario Proust y me animo a responderlo una vez más:

Los principales rasgos de mi carácter
El talento, la gracia, la ligereza, esta lucidez a veces feliz, a veces insoportable... y, por supuesto, mi cándida desesperación.

La cualidad que prefiero en un hombre
Su desprendimiento económico.

La cualidad que prefiero en una mujer
Que resulte baratita (sobre todo sentimentalmente).

Lo que más aprecio de mis amigos
La conversación chispeante, y el que me pueda despedir de ellos sin demasiadas explicaciones (acepto que sea también viceversa).

Mi principal defecto
Cada 30 de febrero siento un doloroso arrebato de humildad.

Mi ocupación favorita
Siempre estoy o follando o pensando (nunca las dos cosas a la vez; aunque las vivo de manera cruzada: follar me estimula el pensamiento, pensar me pone cachondo).

Mi sueño de felicidad
Aprender al sol.

Lo que para mí sería la mayor desgracia
No aprender nunca (y que encima esté nublado).

Quién me gustaría ser
El hombre en cuyo abrazo desfallecía Beatriz Viterbo.

Dónde me gustaría vivir
En una chabola (¡climatizada!) en lo alto del Pan de Azúcar.

Mi color preferido
El de ese divino oscurecimiento de la carne, progresivo, en anti-sfumatto, que rodea el ano de las mujeres.

La flor que más me gusta
Naturalmente, como diría Darío: la rosa sexual.

Mi ave favorita
Cualquier pájaro enjaulado que no cante. (A los canarios y jilgueros que no cesan de cantar les deseo un futuro de pajarito frito.)

Mis autores preferidos
Primer deslinde: que no sean barrocos. Y, de entre los no barrocos, aquellos en cuyas frases se engarzan inteligencia y emoción.

Mis poetas favoritos
Vale aquí también lo de antes, aunque en poesía sí sé disfrutar del barroquismo. Por ejemplo: adoro a Góngora, adoro el Polifemo (pero si tengo que elegir, prefiero a Garcilaso o al capitán Aldana).

Mis héroes de ficción
El cabo atrapado de Jean Renoir, el Sherlock Holmes de Billy Wilder y el Cary Grant de Encadenados.

Mis heroínas de ficción
La Ingrid Bergman de Encadenados, Irma la Dulce y la Félicie del Cuento de invierno de Eric Rohmer.

Mis compositores preferidos
Monteverdi, Mozart, Schubert, Pixinguinha, Noel Rosa, Cartola, Chico Buarque, João Donato, Antonio Carlos Jobim y Luixy Toledo.

Mis artistas favoritos
Tiziano y Marcel Duchamp.

Mis héroes en la vida real
Hoy en día, los ciut-adanes.

Mis heroinas históricas
Mesalina y todas las que se abrieron de patas para gozar ellas mismas, y de paso desprestigiar a sus envarados "grandes hombres".

Los nombres que más me gustan
Ultimamente, los de los mafiosos que salen en Los Soprano. El que más: Ralph Cifaretto. Y en lo que a nombres de lugares se refiere: sin duda, Plaza de Uncibay y Rua Visconde de Pirajá.

Lo que más odio
El abuso de poder, la falta de magnanimidad. El sectarismo. La fe ciega. La mezquindad. La pomposidad. La cursilería.

Los personajes históricos que menos me gustan
Primero: los muy crueles. Segundo: los muy bobos.

La campaña militar que más admira
Lo del paso de las Termópilas no estuvo nada mal. Fue el Little Big Horn de los espartanos: murieron con las sandalias puestas.

La reforma que más aprecio
No ha llegado aún. Sería la implantación de aquella asignatura que proponía Savater como alternativa a la clase de religión en el bachillerato. Se llamaría "Asignatura Condorcet" y consistiría en un relato a los alumnos de todas las atrocidades que se habían cometido en nombre de la religión cada día del año. Una suerte de Efemérides Fanática, o de Santoral Asesino.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
Me gustaría ser capaz de producir un tsunami cada diez años (donde yo eligiera).

Cómo me gustaría morir
Con noventa y nueve años, tiroteado por mi mejor discípulo porque me ha pillado en la cama con su joven y bella esposa (ella se salva).

El estado actual de mi espíritu
Desclasado.

Las faltas que puedo soportar
Las que aún están por cometerse.

Mi lema
"Hay que huir, en la medida de lo posible, de ese tipo humano al que todos nos parecemos" (André Breton).

 

 

Arturo Pérez Reverte

 

A Carlota

 

 

 

             Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña –y lo que te queda todavía– no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando. 

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente.

Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil. 

El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean. 

Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles. 

 

 

Chumy Chúmez

Chumy Chúmez