La entrelínea
-Clarice Lispector
-Clarice Lispector
Dicen que la legibilidad de las letras coincide con la legibilidad del mundo: la Alemania nazi, que al principio había exaltado la gótica Fraktur como expresión tipográfica del espíritu germánico, cambió de idea cuando la ambición de imponer el Nuevo Orden en Europa le sugirío a Hitler la idea de recurrir a los caracteres latinos para que los pueblos no germánicos comprendieran mejor la causa nazi; el 3 de enero de 1941 se estableció mediante decreto que "la llamada letra gótica" había sido inventada por un judío y que desde aquel momento el alfabeto de los alemanes sería el latino.
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Lorem Ipsum: del dolor y la tipografía
En Carta al Director no me dicen, pero como si dijeran:
Si no te he leído mal, supones que el trazo irónico, a cuenta del comentario del católico Bernanos, es compartido. ¡Bendita seas!


"Cajón de sastre, que no cajón desastre, pa’ que de todo le quepa. Cajón desastre, que no cajón de sastre, porque le cabrá todo desordenadamente dado lo alebrestado de mi humor en estos días. Cajón de sastre, o de sastre, porque ambas son expresiones que permiten suavizar el inicio de las cosas --algo leí por ahí sobre la crema, los tacos, el empalago y el fango-- y evitan posibles sobresaltos de lectores sensibles a las frases lapidarias con las que, para serles totalmente honesta, me hubiera gustado iniciar tras haber leído con mucho interés la disputa precedente. ¿Puedo?
En literatura, lo único importante es el estilo.
Escrito queda pues. Favor de no desmayarse y, si posible, de refinar los tópicos que aludan a la escasez familiar de quien esto escribe.
Sin embargo, insisto: En literatura, lo único importante es el estilo.
Debo, imagino, de argumentar el pedrusco que acabo de lanzarles duro, derecho y a la cabeza. ¿No descalabré a nadie, o sí?
A través del estilo nace la voz del escritor, lo que le es más propio, íntimo y personal, aquello que permite distinguir sus líneas de otras líneas sin necesidad de leer en la cubierta su nombre.
El estilo, dice Azorín, no es nada y, sin embargo, lo es todo... O, como afirma Baroja La intuición y el estilo [Consiste en...] no decir ni más ni menos que lo que se debe decir y en decirlo con exactitud.
En este sentido, la mejor historia del mundo, la más original, interesante o inteligente, se desvirtúa cuando carece del estilo personal de quien la escribe. En cambio, la anécdota más simple, la más baladí, relatada con el estilo debido puede convertirse en un texto emocionante, intenso, expresivo e inolvidable para el lector.
Desde este punto de vista, más importante que las cosas que se cuentan es el modo en que se cuentan. O, citando a R. respecto a Maupassant: Los relatos son exactos: no sobra ni un cuadro ni una situación. No encontré jamás ningún rodeo poético ni descripciones de más. Cualquiera que fuese la cosa que quisiese decir tenia la palabra exacta para expresarla, un verbo para animarla y un adjetivo para calificarla... (la repuntuación y reacentuación son personales)
La admiración de R. por la pulcritud y la precisión estilística del francés la resume Eugenio D’Ors en otra frase lapidaria: El estilo, como las uñas, es más fácil tenerlo brillante que limpio.
Para el brillo suele requerirse del barroquismo y la acumulación; para el quehacer doméstico, de la mesura. Cualidad ésta última que, habitualmente, conlleva el uso y abuso de la tijera. Créanme que pocas cosas dan en esta vida mayor dolor de cabeza que tijeretear un texto.
Escribir, ustedes lo saben, es fácil: Basta tomar una hoja en blanco y dejar volar los dedos y el pensamiento. El texto, tras un tiempo prudente, solito sale. Nace un texto, una historia, un argumento, unos versos, palabras encadenadas en estado fetal. Nace un texto, no un texto literario. El carácter de literariedad se lo otorga la tijera y, con la tijera, el pensar, mover, cambiar, quitar, subir, bajar, ir y venir de las letras. Cortar, cortar y cortar de nuevo. Tiempo y paciencia; tiempo y reposo; tiempo y lectura en voz alta hasta que sea el texto quien mueva a la voz y no al contrario.
Lo difícil no es escribir una página, lo complicado es reducirla a diez líneas --o a cinco-- sin perder ni un ápice del significado de lo escrito. Pregúntenle a Rulfo que pasó más de diez años limpiando Pedro Páramo y sólo consintió en su publicación cuando Arreola la envió a la imprenta sin su permiso.
Cierto, sin embargo, que para escribir se requiere de imaginación, de experiencia vital, de conocimiento del mundo y sus pobladores. Cierto también que, sobre esos requisitos, prima aquello que Lorca respondió a Gerardo Diego en su Poética: si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios o del demonio también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema.
Prima el conocimiento de los artilugios literarios en forma de estructuras, de imaginerías, de léxico, semántica y sintaxis. Prima el trabajo y las líneas mil veces contrahechas en pro de su perfecto enderezamiento. La musa --dicen por ahí que decía el poeta, existe sólo si cuando se aparece te encuentra trabajando-- Opinión parecida sostiene Paul Valéry cuando afirma que la poesía --y muy bien puede aplicarse la sentencia a la prosa-- no es sino actividad de puro rigor mental y no alucinación ni ensueño bucólico.
La literatura requiere de talento, pero de talento aderezado con trabajo. Y, el trabajo, requiere de un aderezo de conocimiento. Esto, incluso para quienes escudan su mala prosa tras el siempre socorrido estilo personal, propio e intransferible. Porque, estarán de acuerdo conmigo, para desbaratar la lengua en virtuosismos de anarquía posmoderna lo primero que se necesita es conocer el barro desbaratado. La lengua es un ser vivo y tolera muy bien deconstrucciones, reconstrucciones, destrucciones incluso porque sólo a través de ellas puede crecer y fortalecerse para seguir viviendo. El único requisito que implica es el del conocimiento de su naturaleza, de sus estructuras, por parte de quienes juguetean con ella: Para enredar con la prosa es necesario distinguir sus hilos, de otro modo el texto es puro nudo y nada de tejido.
Se supone, a quienes gustan de los libros --de leerlos o de escribirlos--— la pasión por la palabra, la capacidad para enamorar y enamorarse de ella, con ella, a otros a través de ella. Sí, la palabra es erótica y lo es por herética, por su inigualable capacidad para remover en un lector aquello que debe de ser removido --y lo que no debe de serlo también--: el alma, el corazón, el hígado, las pestañas, la punta de las uñas. Es, a partir de la catarsis sentimental, o racional, o masodérmica de la palabra que la historia toma vida en el lector, que adquiere forma, relieve, emoción.
Son tan pocas historias y tantas las formas en que esas historias han sido contadas. Tomemos, ya que estamos en noviembre, a Don Juan Tenorio. Pensemos en Molière, en Zorrilla, en Tirso, en Baudelaire. La historia es la misma, el personaje único, las situaciones --detalle arriba o abajo-- idénticas, ¿por qué, entonces, cuatro lecturas provocan en nosotros cuatro sentimientos, cuatro emociones, cuatro rostros diferentes? Porque siendo la misma historia es el estilo diferente.
Más allá de una innumerable lista de razones que incitan en el hombre el hecho de escribir, quiero pensar --y es una opinión muy particular-- que se escribe para mover a otros hombres: mover el pensamiento, el corazón, la curiosidad, la piedad, la carcajada o la lágrima. Prefiero mover a conmover por la sobrecarga sentimental de este último verbo. No importa demasiado cuánto alcance a entender el lector, o si lo que él entiende responde a aquello que el autor desea expresar --de interpretaciones y desinterpretaciones está la literatura llena--, importa que algo dentro de él se mueva.
Ahora bien, una vez establecido este punto, tendríamos que preguntarnos respecto a nuestra intención como lectores, a lo que deseamos obtener de un libro--que, gracias al cielo, no siempre responde el deseo al éxtasis--. Yo los supongo a todos lectores competentes --no doctos, no cultos, no refinados, sofisticados o sibaritas— que es como me supongo a mí misma: lector curioso, inquisitivo, sensible a la palabra y sus enredos. Como lectores competentes nuestras expectativas de lectura varían de un texto a otro, de un autor al que le sigue en el anaquel. Esperar lo mismo de Follet que de Proust sería una ilusión incluso para E. Sin embargo, Los pilares de la tierra, tiene --pese a sus muchos detractores-- algunas cosas que lo convierten, ya que no en una gran novela, al menos en una novela digna --a mí me fueron de mucha utilidad las partes dedicadas a la arquitectura, por ejemplo.
Permítanme cambiar de comparación y citar un casi dicho popular en el que tengo gran fe. Se oye por ahí que si alguien inicia su camino lector leyendo a Joyce seguramente jamás querrá leer a Corín Tellado, en cambio se sabe que muchos lectores que se iniciaron con Corín Tellado han terminado leyendo a Joyce. Una simple cuestión de jerarquías, creo yo.
Leer es un arte difícil y, a veces, la buena prosa --como tantas otras cosas en la vida-- requiere de dosificaciones adecuadas para evitar caer en la sobredosis, el empacho y el odio eterno hacia aquello que nos sentó mal.
Y no sigo porque, en contra de toda prudencia y gracias a las poquísimas ganas que tengo de trabajar esta mañana, ya me he extendido harto mucho más de lo necesario en mis desvaríos. Lo dice L. y estoy completamente de acuerdo con ella, ojalá y cada uno de ustedes, cada uno de nosotros, pudiéramos refrenar la prosa hasta hacerla nuestra, hasta crear un modo personal, privado e íntimo de decir, mal decir y maldecir.
Después de todo, en literatura, lo único importante es el estilo. ¿O no?"
-Nolimetangere, gran mentirosa.
. How many people came and stayed a certain time,
Uttered light or dark speech that became part of you
Like light behind windblown fog and sand,
Filtered and influenced by it, until no part
Remains that is surely you.
These are private words addressed to you in public
Is Google making us stupid?, Guy Billout
Manifiesto por la libertad de la lengua, Bartleby
¿El fin del neoliberalismo?, Joseph Stiglitz
Alguien lo sabe, Antonio Muñoz Molina
Sur les traces de Frida Kahlo, Iris Brosch
The Electric Ballroom, Emeigiei
Aquellos terribles años, Pablo Baquero Sánchez
Amor, oposición y roedores, Capitán Achab


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Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.
¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.
¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.
¿Desde cuándo te escondes? -No sé.
¿Por qué me mordiste el dedo cordial? -No sé.
¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.
¿A favor de quién estás? -No sé.
Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.
¿Existe todavía tu aldea? -No sé.
¿Éstos son tus hijos? -Sí.
-He sido un buen padre -dice.
Suelta esa afirmación, en absoluto incontrovertible, como en espera de mi veredicto. La examino, lo examino a él.
-Eres un buen padre.
-Gracias -me dice, con un leve aleteo de las pestañas, y parece que he dicho lo que quería oír. Eso es lo que significa la expresión -últimas palabras-: son las llaves que abren la puerta de la otra vida. No deberían llamarse últimas palabras, sino santo y seña, porque te permiten marcharte en cuanto se pronuncian.
-Y ¿entonces? ¿Cómo lo ves hoy, papá?
-¿Cómo veo qué?
-Dios, el cielo, esas cosas. ¿Qué crees: sí o no? Quizá mañana lo verás de otra manera, ya lo sé. Pero ahora, ahora mismo, ¿cómo lo ves? Me interesa mucho saberlo, papá. ¿Papá? -repito, porque me da la sensación de que está alejándose de mí, sumiéndose en el más profundo de los sueños-. ¿Papá?
Y él levanta los párpados y me mira con sus ojos azul pálido como los de un niño, en los que hay una repentina premura, y me dice, le dice al hijo que aguarda su muerte junto a su lecho, dice así:
-¿Pinocho?

(Me voy al sur. Ahí se quedan.)

- Hypokeimenon
No recuerdo el nombre de aquel santo mártir que fue condenado a morir en la hoguera. Con sus últimas palabras, amorosamente, le dijo a un chiquillo que acercó traviesamente una rama para alimentar el fuego: "Sancta simplicitas". Al final será eso, simplicidad.
Ay, Bonaventure, tú y tus juegos.
- Bonaventure de Fourcroy
No fue un chiquillo, Fundamento, sino una mujer; y el nombre de tu santo mártir es Juan Hus. Ya sabes lo que me gustan estos acertijos; éste ha sido muy sencillo, no he tenido más que mirarme en el espejo (¡viva la simplicidad!). No hay absurdo mayor que revelar la naturaleza del Absurdo, o pretender hacerlo. Mezclar "actu exercito" con "actu signato", leer con el ojo derecho a Aristóteles y con el izquierdo la fecha de caducidad de un yogur de piña desnatado. Y leer y comer, más acullá de la metáfora del alimento espiritual. Frecuento el absurdo "cum grano salis", pues no me gustan los sinsentidos; la sutileza, en cambio, me fascina.
Me fascina usted, ya se lo dije, señorita sutileza; pero son muchos los rostros que transitan por la Vía Apia, y muchos los cantos que invocan al silencio y que hacen más llevadera la soledad del caminante. Guárdese de la pereza mental, tiene mil disfraces.
Sí, Fundamento, yo sólo deseo jugar.
- Entelequia
Un buen día, muchos yogures atrás, pregunté a una señora que pasaba si era capaz, detrás de la ilusión, de ver mi rostro. La señora no se detuvo, me guiñó un ojo, o eso creí, y continuó su camino. Es notable como el presente justifica al pasado. Ayer recordé -yo que nunca recuerdo nada- el consejo que alguien me dio un mal día, yogures y yogures atrás: "no luches con monstruos o te convertirás en un monstruo". Las palabras, a veces, cantan como las sirenas. Algunos son aquello con los que interactúan. Detrás de la ilusión no hay nada. Soy el disfraz. Practicamos el involuntario arte de la mímesis y son muchos los rostros que transitan por la vía Apia. De todos ellos —lo únicos, los múltiples—, son los que por aquí merodean los que más placer me da leer. Sutilezas, sinsentidos, metáforas, espejos. Me fascinan ustedes.
Dicen, Kristeva y un poeta militar lo confirman, que “Escribir es pensar”. Si eso es cierto, si se piensa incluso cuando se piensa no pensar -scribo, ergo sum-, teniendo en cuenta que aquí sólo existimos cuando escribimos, y no somos más que lo que escribimos, entonces al reflexionar la reflexión se ejerce; la reflexión es el acto mismo. Sofista... Se es sutil, absurdo, ininteligible o incoherente aun cuando no se quiera... Es curioso, tanta ridiculez y sinsentido me evoca esa triste hipótesis que afirma que, se escriba lo que se escriba, todo libro, de aquí al Big Crunch, es un clásico en potencia esperando a su lector. Lo execrable sería, como la traición, cuestión de perspectiva. En el futuro todo escritor tendrá sus quince minutos de fama. Santa simplicidad, ¿qué más nos queda?
Santa simplicidad y café con tostadas. Yo sólo quiero jugar, jugar por jugar.
- Bonaventure de Fourcroy
Un ilustre escritor -pero no militar- , en tiempos menos vertiginosos -pero más fresquitos-, me contó una vez, al pairo de un vermut con aceituna y una pipa encendida con sosiego, que lo mejor de su oficio es que uno no tiene más remedio que olvidarse de sí mismo para recordarse constantemente en los demás. No es que así quisiera decirme, el ínclito plumífero, que estuviera embarcado, cual errante holandés, en una aventura de parodia inacabable, o que, al troche de sorbito por aquí y al moche de caladita por allá, no hubiera otra alternativa que aceptar que hasta la más perfumada de las flores tuvo alguna vez su origen en el abono, sino que -¿y qué, si no?- para esto del cálamo o el dígito en plan “o sea, es que, mira-tú-por-dónde” hay que tener, mantener y aún sostener elefantiásicos viveros de imaginación.
Muy preocupado por la salud de su señora, y acabado mi vaso de agüita del tiempo -fresquita, fresquita-, me despedí de él con la misma impresión -así me pareció en la ingenuidad de mi candidez inocente de entonces- que tuviera un griego sofista al que estuvieran descubriéndole por cuadragésimo-nona vez el Mediterráneo. Y sin embargo, la gracia del ritual carnavalesco con que adornó su sentida declaración, el variadísimo repertorio de rostros demudados con que nos obsequió, no sólo a mí sino aún sobre todo al público inopinadamente circundante, y su manifiesta tendencia al carraspeo incontrolado pero ritmado en un compás de cuatro por cuatro, hizo que, por así decirlo en metáfora pastelera, esa magdalena no necesitara de los servicios de ningún café para ser engullida.
Es que yo, qué le vamos a hacer, soy así de impresionable. Guárdese de la pereza mental y también de sus disfraces: Helo así más preciso.
Por lo demás, cada vez soy más de la opinión de que elegimos hasta nuestros olvidos, de que la voluntad tiene los dedos muy largos: Cosas de la erótica femenina, que es, no nos engañemos, la única erótica posible.
Practiquemos la simplicidad y llamémosla sencillez: De lo que nos convoca, sin pistas y ni pío.
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.Confieso que nunca lo entendí
Queda inaugurada la Expo
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¿No es el modelo americano criatura al menos tanto como creador de una necesidad mundial?